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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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16 Septiembre 2017 04:05:00
¿Quiere o tiene qué...?
Todos los seres humanos buscamos estar bien. Es nuestra tendencia natural. Por tanto, estar mal es solo el punto de partida, y si nos hemos quedado ahí muchos años es porque no hemos sabido cómo avanzar y hasta hemos encontrado nuestra muy particular forma de bienestar dentro del malestar, es decir, hemos creado una zona de confort.

Y es que avanzar es ir hacia adentro, aunque persistamos en hacerlo hacia afuera. Avanzar requiere un estado de calma que nos permita observarnos para saber qué hay en el espacio interior multidimensional donde habita el alma, ese lugar que no es un lugar, en un tiempo que no es un tiempo, al que hay que ir para encontrar todas las respuestas.

Planteado así el hogar del alma, tal cual es, asusta la sola idea de ir. Es lo ignoto, lo desconocido, y por eso huímos hacia lo que Don Sabiondo, el ego, cree que podemos conocer, ergo, controlar: el mundo de lo material. Entonces aceleramos cada vez más en la carrera de los logros sociales, laborales y económicos, buscando ahí lo que no está.

Pero, oiga, es que no se trata de tirarse a un precipicio sin fondo. Hay escalones, y el primero de ellos es aprender a discernir cuáles son nuestras verdaderas motivaciones para hacer lo que hacemos. Y le anuncio, en cuanto aprenda a descubrirlas, sentirá lo que es el verdadero poder personal, el que está irremisiblemente anclado a la responsabilidad.

Impulsos y deseos. Ahí tiene los motivos, el material de análisis. Ahora unas reflexiones para distinguirlos: Tenemos por un lado el deseo original de experimentarnos, y a partir de este, más deseos de nuevas experiencias, tanto sensibles (las que podemos tener a través de los sentidos) como espirituales. Para experimentarnos tenemos que vivir, lo que implica necesitar, físicamente: comida, bebida, cobijo, descanso y sexo; psicológicamente: seguridad y bienestar, este último en su más pura acepción de sentimiento positivo, sea alegría, gratitud, compasión, amor, etc.

Las necesidades no satisfechas nos producen una tensión o pulsión interna, una punzada de dolor. En el caso de las sensibles o físicas, se vuelve insostenible, de tal manera que nos vemos impelidos a descargarla subsanando el problema, sin que la voluntad pueda mediar, a riesgo de morir y enloquecer antes, si nos resistimos. A esto lo llamamos impulso vital

El impulso vital es instintivo, es decir, parte de ese mecanismo autosustentable de adaptación y supervivencia que nos permite no tener que estar acordándonos constantemente de atender lo primordial para vivir.

Mientras las necesidades sensibles se satisfacen en su totalidad a través del mundo material y su impulso es imperativo, las sicológicas, no. Estas requieren mucho más, deben ser exploradas y su pulsión calmada por otros medios, el raciocinio uno de ellos, la meditación otro, la expansión del ser el mejor: dar y amar.

En la satisfacción de estas necesidades es donde nos enredamos. No es lo mismo lo que necesitamos que lo que deseamos ni lo que realizamos por deseo que lo que hacemos por impulso.

Así pues, tener las cosas que satisfagan mis necesidades básicas de carácter sensible es un impulso imperativo; que sean de tal o cual manera para que me proporcionen determinadas sensaciones es un deseo.

El problema está en las necesidades psicológicas, porque las hemos identificado completamente con las físicas, creando así el impulso artificial de lograr, retener y acumular, pero como en el mundo material no está aquello que puede colmarlas, se convierten en carencias, transformando los impulsos en compulsiones, obsesiones y adicciones, que son aún más imperativas que la pulsión misma.

Y con ello mueren los deseos de virtud y expansión del ser a través de dar y darse. El alma duerme. Ser amado se convierte en necesidad, pues no amamos. Entonces el otro es la fuente de mi bienestar y mi seguridad.
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