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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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24 Marzo 2011 04:10:50
Rapiñas
Ciudad con mucho genio, y en ingenios rica, es San Miguel de Allende. El señor licenciado, Leobino Zavala, recuerda a aquel cura que en el sermón de la misa dijo que el poder de Dios es tan grande que “a su lado el de todos los presidentes del mundo vale puro cerote”. (La Academia define esa palabra como “excremento sólido”, con perdón sea dicho). En la Santa Casa de Loreto el toque de ánimas se daba a las 7 y media de la noche, en perpetua oración por el alma de los miembros de la familia de la Canal. En las demás iglesias las campañas tañían a las 8. Los sanmiguelenses, entonces, llamaban al toque de Loreto “las ochito”, o “las 8 chiquitas”. Todos los conventos de monjas tenían abadesa, pero el de la Purísima Concepción tenía sólo abadesa vicaria, pues decían las religiosas que el puesto de propietaria correspondía siempre “a María Santísima, Nuestra Señora”. Cerca de San Miguel había una pequeña capilla -¿existirá todavía?- En tierras que fueron de los Sautto. Estaba dedicada al beato Sebastián de Aparicio, primer constructor de caminos que hubo en México, primer arriero, primer carretonero y primer charro del país. Una leyenda cuenta que en el sitio donde está ahora esa capilla hubo una fragua.

Llegó a ella fray Sebastián a lomos de un burrito, y le pidió al herrero que le pusiera herraduras a la bestezuela. Hizo el trabajo el herrador, y el franciscano le dijo: “Dios os lo pague, hermano”. “¡Qué Dios ni qué Dios! -se molestó el herrero, que era hombre rudo, a más de avaricioso-. ¡Pagadme vos!”. El fraile, humilde, le dijo entonces al pollino: “Ya ves, hermanito asno: Este buen hombre quiere su dinero. Ninguno traemos nosotros para darle. Devuélvele, pues, sus herraduras y sigamos nuestro camino confiados en la Providencia del Señor. Dios proveerá”. El burrito sacudió las patas y soltó las herraduras y los clavos. El herrero cayó de rodillas; le pidió perdón a fray Sebastián, y fue desde entonces caritativo y generoso. Él mismo construyó la capilla dedicada al beato. De dos personajes de San Miguel de Allende quiero hacer particular mención. El primero es un cierto don Jesús, rebocero de oficio y músico por afición; buen intérprete de tuba, trombón y contrabajo, instrumentos los tres de voz muy grave. En contraste, don Jesús enseñaba a silbar melodías tradicionales, o de moda, a los canoros pájaros -cenzontles y clarines- que las señoras tenían en sus casas. Padre de una hija, desde que la niña era pequeña don Jesús empezó a guardar los zapatos que después de usarlos ella iba desechando conforme crecía. Cada vez que a la muchacha, casadera ya, le salía un pretendiente, el rebocero lo llevaba a ver el enorme montón de zapatos que había acumulado, y le decía: “Sin quieres casarte con mi hija tendrás que pagarme toda esta zapatería”.

El otro personaje es don Miguel Correa Pérez, tesorero municipal que fue de San Miguel de Allende a finales del siglo diecinueve y principios del veinte. En las noches de luna, tan pronto ésta daba su claridad a las calles de la ciudad, salía don Miguel a su balcón y sonaba un silbato. A esa señal los encargados del alumbrado público apagaban las farolas, cuya luz la lunar hacía innecesaria. Así se ahorraba el Ayuntamiento buenas sumas. De aquel don Jesús y de este don Miguel deberían aprender la sana virtud del ahorro los actuales gobernantes y administradores de la hacienda pública, pues muchos de ellos con frecuencia olvidan que los dineros que manejan provienen del trabajo de la gente, y deben por lo tanto cuidarlos con esmero, y no dilapidarlos o hacer de ellos desvío para provecho propio o del bando político al que pertenecen. Otra costumbre tenía don Miguel Correa, el tesorero municipal sanmiguelense. Guardaba en la caja fuerte de la Tesorería los pagos que recibía de los contribuyentes, y ordenaba en filas los billetes y monedas. Junto a cada montón ponía la estampita de algún santo, a fin de que cuidara la recaudación. Lo mismo deberíamos hacer nosotros, pues sólo las potencias celestiales nos pueden proteger de las rapiñas que los malos políticos cometen, y que parecen ya ser parte de nuestra vida nacional. Fin.
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