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03 Julio 2018 04:00:00
Recordando el viejo norte
Por: Juan Iván González

Casi al final de Setenta Veces Siete (ITESM, 2007.), de Ricardo Elizondo Elizondo, hay una escena donde un anciano relata historias a un montón de niños. El viejo les habla sobre las personas que construyeron la casa donde se encuentran.

El lugar en cuestión no es diferente a cualquier otra casa del pueblo. Los niños no le hacen caso. ¿Por qué lo harían?, después de todo las cosas que cuenta son hechos bastante comunes. El narrador, sin embargo, continúa con su historia llena de memorias, mementos y sueños que nunca se concretaron.

Recordar lo cotidiano y entender el peso que tiene al crear el mundo en el que vivimos, es parte fundamental de la novela del historiador regiomontano.

Eventos como fiestas de matrimonio y el inicio de un negocio familiar toman el peso de grandes narraciones épicas; mientras que muertes y riñas familiares se transfiguran en tragedias igual de monumentales.

Este libro es un homenaje amoroso a la historia fronteriza desde la segunda mitad de los 1800 hasta la primera mitad de los 1900, así como a las personas que ya entonces cruzaban el Río Grande en forma cotidiana y sin mayor conflicto.

La trama gira alrededor de dos familias mexicanas: los Govea y los Villarreal, que a lo largo de varias décadas pasan por diversos puntos de pobreza y éxito económico.

En medio de esto desarrollan sus propias figuras míticas: la millonaria tía ciega que sabía todo lo posible sobre hierbas del campo, el tío apostador que terminó en un barco de vapor del Mississipi, la tía que fue actriz en lugares sórdidos y se convirtió en la esposa de un exitoso empresario; entre mucho otras igual de memorables. Todos estos personajes evolucionan a través del cambio de siglo mientras la mayoría persiguen sus quimeras: el progreso económico y la descendencia.

El motor escondido de esta novela es el trabajo del lenguaje. Elizondo rescata dichos y expresiones endémicas de la región y registra lo peculiar del habla en el norte de México. Esta narrativa llena de sonoridad hace a Setenta Veces Siete muy entrañable. Los diálogos de sus personajes se sienten reales y es casi imposible no empatizar con ellos.

El estilo puede resultar un poco difícil al principio para algunos lectores. Salta bastante en el tiempo y sigue una línea de pensamiento rápida y espontánea.

PERO el estilo combina sin problemas, en un mismo párrafo, la narración con los pensamientos y con los diálogos de un personaje. El autor da cuenta rápida de todo lo que sucede a estas familias, incluyendo sus pensamientos y temores.

Es muy fácil leer este libro e imaginar algún familiar viejo hablando igual que las personas que retrata. A pesar de no conocer personalmente a nadie que utilice estas expresiones, se siente una familiaridad respecto a la forma en que hablamos en el norte de México hasta la fecha. Este me parece el gran don de esta novela: crea un sentimiento de conocer por primera vez algo que ya era tuyo y de descubrir una historia que siempre estuvo ahí, dibujando la tierra en la que vivimos.
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