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JC Mena Suárez
JC Mena Suárez
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05 Abril 2018 04:00:00
Recordaré abril
En México sólo siete de cada 100 jóvenes concluyen una carrera profesional de acuerdo con cifras del Coneval, y de ellos un porcentaje muy relevante se subemplea.

De acuerdo con la más reciente encuesta presentada por el INEGI, la población subocupada es de 6.6% a nivel nacional, y en este indicador no sólo están quienes concluyeron una carrera profesional, sino la población abierta.

Ahora bien, qué pasa en nuestro entorno inmediato: acaban de concluir las vacaciones de Semana Santa, la industria automotriz detuvo su actividad y con ella las empresas proveedoras y miles de trabajadores se fueron de vacaciones. Pararon.

Mientras frente al Teatro de la Ciudad reclutadores de compañías buscan aun en Semana Santa captar personal para llevar a las empresas instaladas en la región, ni las moscas se paran en los módulos de contratación.

Hay trabajo, pero no lo quieren por la posibilidad que tienen en este momento de poder escoger en dónde ir a laborar, dependiendo de las prestaciones que la compañía les ofrezca en el nivel operario.

Pero los profesionales no tienen esta “suerte” y sus posibilidades de emplearse son menores a las de un operario. Así, se tiene que un profesional, ante las limitadas oportunidades de ser contratado, acepta trabajar en donde haya un lugar pese a que no sea el área en la que buscaba desempeñarse y para la cual dedicó entre 15 y 16 años de su vida.

Los factores por los cuales un profesional no se contrata o se emplea es multifactorial, pero existe uno que es muy influyente en la búsqueda y es la mamá, que fija cuánto debe ganar su hijo-hija, a quien le dice antes de salir a buscar trabajo: “Tú debes ganar 12 mil pesos, no aceptes menos”.

Y sale a buscar el sueño dorado y el salario que su mamá le dijo, empero el mercado laboral lo estruja poniendo su aspiración en una fría realidad y no encuentra esa compañía o negocio que le ofrezca los 12 mil pesos que su mamá le dictó.

Entonces, llega la decisión fuerte: urge tener una actividad remunerada, aportar para el gasto de la casa y sostenerse a sí mismo, ya no puede estirar la mano y pedir dinero a sus padres.

Ante un escenario de limitadas oportunidades para su profesión, el contador pone su negocio de venta de frutas y verduras, el agrónomo vende tacos o maneja un taxi, el abogado se dedica a vender seguros, o los comunicólogos son agentes de ventas o ponen una tienda de abarrotes.

En fin, el subempleo o subocupación es uno de los fenómenos sociales con efectos económicos de alto impacto en la economía de un país porque los recursos públicos aplicados en la educación universitaria son cientos de millones de pesos y al final esos universitarios no ejercen la preparación para la que estudiaron y el dinero invertido se perdió.

Pese a que una persona dedica 16 años de su vida a obtener un grado de licenciatura o ingeniería, al concluir su carrera profesional se encuentra con un futuro incierto. No sabe qué hacer o en dónde buscar y las oportunidades que hay no le convencen, y entonces termina en un taller mecánico no por vocación sino porque no le quedó de otra.

Es hora de preguntarnos ¿qué quieren nuestros jóvenes? ¿A qué aspiran? ¿Qué buscan? ¿Cuánto quieren ganar? ¿Ya detectaron en dónde quieren trabajar? ¿En qué desean laborar? ¿Qué están haciendo para llegar a donde aspiran?

No es la mamá quien debe decirle cuánto ganar, es su capacidad profesional y su crecimiento personal su determinante para poder cotizar en el mercado laboral, pero primero habrá de definir la pregunta más importante de su tiempo: ¿qué quiere?

Es fundamental capitalizar la inversión que no sólo hicieron los padres en la educación sino el mismo dinero público que se destina a la educación de nivel profesional en caso de ser pública, porque de lo contrario la inversión se convierte en gasto, es decir, no hay retorno de la inversión pública y los padres tampoco ven a su hijo realizado.
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