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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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18 Marzo 2017 04:08:00
Regionalismo
Alguien dijo que el regionalismo es como el amor, lo cual puede sonar tan peyorativo como elogioso: sabes que está ahí, pero no puedes delimitarlo. Este año la discordia entre Estados Unidos y México despierta una fuerza nacionalista hacia lo nuestro como país, y hacia los mexicanos que allá radican. Aun cuando entre países, estados y ciudades hay más afinidades que diferencias, en una disputa resulta inevitable defender el origen.

También dicen que el amor y el dinero no se pueden ocultar, y lo mismo sucede con los sentimientos hacia el regionalismo, pues es la efusión de espíritu por el sentido de permanencia a su región. Se carga en el alma y se defiende con actos.

Por lo tanto, cuando hablamos de regionalismo nos referimos al amor, al vínculo de lo propio, y sucede que entre las ciudades del estado de Coahuila este escenario es relevante. Los habitantes de Parras, Monclova, Acuña, Piedras Negras, Cuatro Ciénegas, Sabinas, Saltillo, entre otros municipios, sentimos ese orgullo; sin embargo, el regionalismo que demuestran los de Torreón hacia Torreón es simplemente de Torreón, pero ¿cómo surgió? Algo percibí en mi infancia sobre el tema y hoy intentaré descifrarlo.

Torreón destacó por ser una ciudad progresista. En 1971 nos mudamos a La Perla de la Laguna por la misma razón que mi abuelo lo hiciera en 1940: tanto mi padre como mi abuelo consiguieron un mejor empleo y mejor salario que en Saltillo.

En 1848, los señores Leonardo Zuloaga y Juan Ignacio Jiménez compraron las tierras de la región lagunera. Años después dividieron la hacienda, quedando el río Nazas como límite de las propiedades. Torreón se fundó como villa en 1863, y en 1907 se convirtió en una ciudad importante, pues ya contaba con agua potable, drenaje y transporte con tranvías eléctricos. Tenía dos teatros, el Herrera y el Ricardo de la Vega. En la capital del estado el alumbrado público era eléctrico: en Torreón ya usaban el vapor de mercurio, y sin duda era la imagen del progreso.

Su gran desarrollo y crecimiento se debió al Ferrocarril Central Mexicano, pues pasaba por el rancho El Torreón, de la capital del país hacia Ciudad Juárez. Fue estación de bandera blanca. El ingeniero norteamericano Federico Wulff trazó la moderna ciudad con anchas aceras, calles, avenidas y espacios para jardineras con árboles, como palmas, fresnos, truenos, cedros, jacarandas, huizaches y álamos.

Torreón fue cruce de caminos y productora del “oro blanco”: el algodón. Creó la industria de aceites y jabones, fábricas textiles y la fundición metalúrgica Peñoles; contaba con media docena de instituciones bancarias y diversas oficinas consulares; hoteles restaurantes, farmacias y otros tipos de comercios la convertían en una ciudad naciente. La Laguna transitó por épocas buenas y malas. Con la crisis algodonera se diversificó hacia el cultivo de alfalfa y la ganadería consolidando la cuenca lechera.

Torreón se destaca por su sentido de igualdad –la casta les va y les viene–, no comparten el aprecio de Saltillo, y otras ciudades, por recrear la genealogía de las personas. El carácter de los laguneros se forjó desde la generosidad y el desprendimiento, pues es una ciudad heterogénea, habitada por inmigrantes árabes, españoles, franceses, chinos, alemanes, ingleses, saltillenses –como mis abuelos– y zacatecanos. El orgullo de ser de Torreón viene de una consciencia generacional multicultural. Es una de las pocas ciudades de la República que celebra el Festival de las Etnias para promover la cultura de los primeros habitantes de La Laguna.

Donde una vez hubo una ciudad abrazada por las aguas del Nazas, que se distribuía en tajos para abastecer los campos de cultivo, y continuar su trayecto hasta la ya desaparecida Gran Laguna de Mayrán, ecosistema raro y único parecido al delta del Okavango, en África, hoy te reciben los grandes puentes: recuerdos de tiempos corruptos e impunes. Las grandes avenidas resaltan entre las banquetas destrozadas de calles grises y desiertas.

Torreón nunca fue así. Desde que el sol empezaba a caer y el cielo se teñía de rojo, en las aceras las mecedoras con su vaivén y los niños en sus bicicletas salían del letargo vespertino a disfrutar del aire fresco nocturno. En las esquinas era común ver a los hombres reunidos observando un partido de ajedrez o dominó, y en alguna televisión disfrutaban los vecinos una buena pelea de box.

Hoy sus habitantes desencantados no salen a tomar el fresco de la noche. Los nombres de las calles apenas se distinguen y la gente mira sin mirar. Están ahí los que tienen que estar. Los que son leales a su terruño, los que se empeñan en aferrarse a la nostalgia de otros tiempos; se acompañan en el ayer junto a sus ciudades hermanas y por doquier se siente la injusticia.

Desde hace tiempo la Comarca Lagunera pide su separación de Coahuila y Durango para formar su propio estado. Con acciones han demostrado su descontento y su capacidad de autosuficiencia. Si una vez forjaron una gran ciudad, una comunidad que destacó económica y culturalmente a nivel nacional (imposible detallar por espacio); si sienten que como parte del estado de Coahuila no reciben la protección adecuada ante la agresión de la delincuencia organizada; si sus demandas no son atendidas por gobernadores y presidentes municipales, lo que ocasiona que muchos tengan que dejar sus negocios y vidas obligándoles a emigrar con todo lo que esto conlleva, es natural que exista un sentido resentimiento regionalista hacia quienes pretenden expiar consciencia con puentes, plazas, y además pasan la charola.

Las noticias no son alentadoras. Primero, las fosas de restos en Patrocinio; después, en Santa Elena. Para separarse junto a sus ciudades hermanas de Coahuila y Durango, los laguneros necesitarán de un gobernador independiente, 100% lagunero, que haya sentido en carne propia el abandono en que su región se halla sumido. Se acercan los tiempos para que resurja el espíritu regionalista y reconstruir lo que antes fue La Perla de la Laguna.
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