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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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06 Septiembre 2017 03:05:00
Regreso a clases
Ahora que comienza un nuevo ciclo escolar, recordé que nunca fui un alumno modelo, que al final de la preparatoria terminé pepenado basura. A pesar de que siempre fui un muchacho correcto y diligente, apegado a las formas, también tuve grandes enemigos.

En el último año de bachillerato pasé de ser el alumno consentido de la profesora de taquigrafía, a ocupar el último peldaño de la escalera que baja a la deshonra. Se llamaba Sandra y a diario usaba falda traje sastre entallada y tacones abrillantados que hacían juego con la porcelana de su rostro. Ella sabía que yo era un alumno modelo, incapaz de robarme un examen o de llegar crudo a las prácticas que teníamos los sábados en la mañana.

La preparatoria Guadalupe Zuno era mixta, ahí comencé a escribir mis primeros versos, a medir mis capacidades amatorias con mis compañeros. Como todo poeta en ciernes, acostumbraba a enamorarme de la chica más guapa del salón, la más asediada, la que todos volteaban a ver al pasar. También me sucedía lo mismo con la chica de la cuadra y sería igual en la universidad. Ellas, por supuesto, jamás se fijaban en mí, pero en el fondo no me importaba porque tenía el favor de la profesora de taquigrafía, quien entre suspiros corregía mis poemas.

La Zuno era una preparatoria vespertina incorporada a la Universidad de Guadalajara que no tenía su propio plantel, sino que utilizaba las instalaciones del colegio Cervantes del Bosque, una secundaria jesuita que concluía sus clases a las 2 de la tarde y raras veces coincidíamos unos alumnos con los otros. Los bachilleres ya fumábamos, noviábamos y a escondidas bebíamos cerveza en el recreo.

Pues en uno de esos recesos, atrás de la cafetería, unos niños comenzaron a pelearse. Era una tarde de septiembre, aún llovía, el más corpulento era el más torpe, vestía el uniforme del Cervantes; el otro, escuálido y pequeño, era hijo de la señora de la limpieza. Pronto hicimos rueda alrededor de ellos y se abrieron las apuestas. Los chiquillos se daban con todo, rodaban entre la tierra, tiraban gritos y manotazos. A los pocos minutos el niño uniformado quedó ensangrentado y mugroso hasta las pestañas.

Al día siguiente la profesora de taquigrafía me mandó llamar y ahora fui yo quien salió “ensangrentado” luego de hablar con ella. Resultó que el de uniforme azul y blanco era su hijo, un niño más bueno que el pan, me aseguró. “Jamás lo hubiera esperado de ti”, me dijo, “yo que te creía un caballero, nunca imaginé que te divertirías con mi Ernestito”. Le temblaba la voz y tenía los ojos a punto del llanto. Pura rabia contenida, la misma que le había faltado a su hijo para ganar. Juró que siempre reprobaría su materia, “tan inútil como mis versos”, aseguró.

Más tarde, en la oficina del director, como no quise decir quienes más azuzaron la pelea, fui el único que pagó las consecuencias. Como “castigo ejemplar”, según le oí decir, los siguientes sábados del semestre, frente a la sonrisa burlona de los demás y las miradas de asco de mis compañeras, recogería con la mano, la basura de toda la prepa. Apenas teníamos dos semanas de haber regresado a clases.
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