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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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26 Febrero 2018 04:07:00
¿Rendición temprana?
Era al final de sus sexenios cuando algunos presidentes enloquecían por la inminente pérdida del poder, conscientes de que el heredero los negaría más de tres veces como ellos mismos lo hicieron con quienes los sentaron en la silla del águila. El caso de Peña Nieto es paradigmático: nunca había existido un presidente tan obtuso, impopular y pagado de sí mismo como él. Jamás un jefe de Estado y de Gobierno mexicano concitó tamaña inquina dentro y fuera del país. Ninguno desprestigió tanto y tan temprano la institución.

“Presidente que devalúa se devalúa”, advertía Salinas; con EPN la depreciación no sólo fue monetaria, sino también moral. Pocos presidentes habían reclamado públicamente halago. ¿Reconocimiento a qué? ¿A un Gobierno que entronizó la corrupción y la impunidad? ¿Medallas a una administración que reformó para seguir igual o peor? ¿Aplauso a un líder de oropel cuyo Gobierno espió a periodistas, empresarios y activistas?

¿Fanfarrias al clan que gobernó de espaldas a la sociedad y entre conflictos de interés? ¿Tributo a un Presidente que solapó a colaboradores y a gobernadores como los Moreira y, en lugar de investigarlos, los premió?

Los predecesores priistas y panistas de Peña ya fueron juzgados por la historia y a la mayoría los encontró culpables. A Díaz Ordaz, por la masacre de Tlatelolco, cuya responsabilidad tuvo el valor de asumir; a Echeverría, por los estragos de su borrachera populista; a JLP, quien lloró en la tribuna del Congreso por la ruina del país; a De la Madrid, quien antes de morir renegó de su sucesor y lo tildó de corrupto junto con su hermano, por pusilánime; a Salinas, el gran cínico, por la corrupción y la violencia política; a Zedillo, por el Fobaproa y la matanza en Acteal, aunque tuvo el mérito de haber posibilitado la alternancia; a Fox, la gran decepción, por caricaturizar la Presidencia y por su engaño de cambio; a Calderón, por los miles de muertos de su absurda campaña contra la delincuencia organizada. A Peña, quien en vez de pedir perdón exige agradecimiento, le irá peor.

El PRI perderá la Presidencia por EPN, cuya soberbia le hizo extraviar el rumbo, enconar al país y despreciar a su partido, a su militancia y a los mexicanos. ¿Con qué argumentos pretende el Grupo Atlacomulco retener el poder? Decir que las cosas cambiarán con el candidato del continuismo, José Antonio Meade, y que a México le irá mejor con los mismos, es una impostura. Votar por él es votar por quienes han agraviado al país y elevado la inmoralidad a política de Estado. El Presidente y su camarilla deben estar desesperados.

Negociar con López Obrador o con Ricardo Anaya una rendición temprana, a cambio de impunidad, es factible dadas las tendencias electorales. Sin embargo, el costo para la nación sería mayor, envilecería aún más la política y terminarían ellos por ser peor que los verdugos. Los candidatos de oposición pueden ganar por sí mismos. Las condiciones están dadas. Pero aún en caso de traición, pues a ello equivaldría pactar con el Presidente y su partido una salida indecorosa, la presión social e internacional forzaría al ganador –AMLO o Anaya– a castigar la corrupción y las masacres del sexenio. Así ocurrió en Guatemala, Perú y otros países donde el hartazgo ciudadano tiene a presidentes pillos en prisión. México no soportaría otra traición en nombre de la democracia ni un nuevo fraude basado en el miedo y el engaño.
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