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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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03 Febrero 2019 04:10:00
Renunciar al liderazgo
El que dos instituciones que por largas décadas han formado parte de la vida de Saltillo –el equipo de beisbol Saraperos y el Casino– se encuentren en crisis, sobreviviendo apenas bajo la amenaza de desaparecer, revela los profundos cambios socioeconómicos operados en la ciudad a causa de su galopante entrada en la modernización.

El Casino de Saltillo es parte de la historia de la ciudad, y ha sufrido sus avatares. Durante más de un siglo fue punto de encuentro de las élites económicas y sociales saltillenses.

Nació como Casino Militar a instancias del entonces Gobernador provisional general Carlos Fuero, uno de los militares que mandaba a Coahuila Porfirio Díaz cuando los asuntos políticos se embrollaban. Originalmente funcionó en la esquina sudoriental de la calle Hidalgo, donde hoy están las oficinas de una funeraria. Su edificio fue incendiado por el general huertista Joaquín Maas en mayo de 1914, cuando las tropas de Francisco Villa estaban a punto de entrar a la ciudad.

El esfuerzo y la decisión de sus socios hicieron posible la construcción del nuevo edificio que hoy es uno de los más emblemáticos del centro histórico.

El Club Saraperos, heredero de una larga tradición beisbolera que se remonta a los Pericos y el Club 45 que jugaba en el viejo estadio frente a la Alameda Zaragoza, es el único equipo deportivo profesional de la ciudad que cuenta con el arraigo y el cariño de una fanaticada leal. Los intentos de promover el futbol profesional, y hace años el basquetbol, quedaron hasta ahora en buenos deseos. Plaza beisbolera por excelencia, la capital de Coahuila se ha mantenido al margen de la marea futbolera que inunda al país y parte del mundo.

Según expresión de los enterados, los Saraperos, alguna vez bicampeones en la Liga Mexicana, entraron en una espiral de descomposición debido a dos causas: las malas condiciones del estadio Francisco I. Madero y la errática administración del equipo (confieso ser un fanático del beisbol que sigue los juegos por televisión y rara vez asiste a un estadio, por lo que las opiniones sobre la crisis sarapera han sido recogidas de amigos conocedores).

El Casino, por su parte, es víctima del despoblamiento del Centro de la ciudad y del cambio de la estructura social registrada en los últimos años. En los dos casos llama la atención que la salvación de ambas instituciones dependa ahora de la ayuda gubernamental. ¿Qué sucede con la iniciativa privada, que en su momento reconstruyó el Casino y fundó con éxito el Club Saraperos? ¿Ha perdido interés en los asuntos que atañen a la ciudad? De ser afirmativa la respuesta a la pregunta anterior, estamos ante un fenómeno poco alentador. Sería la renuncia de la iniciativa privada, de los hombres del dinero, a un liderazgo que en otras latitudes rinde magníficos frutos.

Hay ejemplos cercanos. En Monterrey, la iniciativa privada construyó el estadio de beisbol, uno de los mejores de México, y también es obra de ella el espléndido Museo de Arte Contemporáneo. Aquí, en cambio, una de las más exitosas etapas del Club Saraperos ocurrió cuando su propiedad y administración estuvieron en manos de un empresario sinaloense, Manuel Ley, ya desaparecido. La crisis del Casino y la de Saraperos, que buscan su tabla de salvación en el Gobierno, es señal poco optimista. Hacer dinero en Saltillo dándole la espalda a Saltillo no nos augura nada bueno para el futuro.

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