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German Martínez
German Martínez
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06 Agosto 2012 03:00:34
¿‘Réquiem’ panista?
“Hemos visto tantas veces nuestra esquela en los periódicos, que empezamos a soñarnos inmortales”, gritaba Castillo Peraza a los panistas. Luego cambió de opinión, vaticinó que las oficinas de su sede central en Coyoacán serían un mausoleo. Manuel Gómez Morín también pensó el fallecimiento del PAN, incluso previó entregar el patrimonio remanente a la UNAM, como consta en sus Estatutos. ¿Está moribundo? ¿Sobrevivirá a la pérdida de Los Pinos?

El momento es crítico y serio. Cualquier organización humana puede desaparecer. El activismo, acomodos, nuevos nombramientos, mientras la institución debería estar en terapia intensiva de autocrítica, no es una buena señal. Todo mundo se mueve. El Presidente, el jefe del partido, los jefes estatales, los militantes, pero es una agitación sin control, sin rumbo. ¿Estertores? Quizá un síndrome de Parkinson colectivo. No hay vientos favorables para los capitanes de un navío a la deriva sin destino, dijo Séneca.

Unos decimos “refundación”; otros, “reconstrucción”; aquéllos, “reingeniería”; unos más, “relanzamiento”. Pero tras esas palabras se empieza a sentir una lucha fratricida. Un reparto de culpas sin asumir la propia. Al interior del PAN, se oyen ya afilar los cuchillos en todos los bandos. Es necesario y oportuno antes de refundar, reconstruir o relanzar, sencillamente, reconciliar.

¿Reconciliación con quién? Primero con el significado de Acción Nacional. ¿Qué es hoy el PAN? ¿Una colección de prejuicios conservadores? ¿Una nostalgia del robo de urnas? ¿Una asociación para la búsqueda de empleo? ¿Un vehículo al servicio público? Y segundo, una reconciliación entre todos los panistas para encontrar, juntos, ese nuevo rumbo.

La reconciliación no puede excluir a nadie. El presidente Calderón quiere seguir en la batalla política desde su partido. ¿Alguien le puede negar el derecho? Sin embargo, ya no puede pedir a su partido una lealtad al presidente de México, porque, perogrullada, ya no lo será. Será historia, no victoria. Calderón ya no es una voluntad popular hecha gobierno a la que, por responsabilidad democrática, se debió subordinar su partido. El postcalderonismo jugará “a nivel de cancha”, sin silla presidencial, donde, como siempre, podrá ganar o perder. El Presidente tiene derecho a defender los logros de su gobierno, pero deberá reconocer los fracasos de su gobierno, y ¿acaso también las recomendaciones y consejos a Josefina?

Pero la reconciliación de fondo no es una foto de todos los panistas abrazados, es un reencuentro con lo que simboliza hoy Acción Nacional. ¿Cómo reencantar a los ciudadanos? Su discurso se gastó. Repetir los viejos tópicos de dignidad humana, solidaridad, subsidiariedad, bien común, sin llenarlos de contenido, será inútil.

El PAN representaba el triunfo de la iniciativa individual, del mérito personal, del empeño privado, contra esa idea abstracta de igualdad o uniformidad, que en ocasiones tiene tufo totalitario. ¿Hoy quién defiende a la propiedad privada? ¿Quién reclama para el Estado la tarea de hacer cumplir los contratos entre particulares?

La labor de gobierno panista debió abrir espacios de libertad al ciudadano y, tras doce años de gobierno federal, agoniza por tragar el veneno de las políticas clientelares.

El PAN-gobierno vive una “cruda” después un festín de subsidios, ayudas y un largo etcétera de gasto legal pero no-liberador. La “acción nacional” que el PAN le propuso a muchos mexicanos fue “estirar la mano al gobierno”. Mandan en el partido quienes “bajan recursos” y ceban clientelas de ocasión electoral, por cierto, insuficientes para ganar.

El partido del “primado de la política” es ahora el partido del “primado de la despensa”. Y esa dádiva gubernamental panista se estrelló, en la elección, en manos corruptas o malagradecidas. ¿Ya compararon el mapa de votos panistas contra el de entrega de recursos federales? ¿Supervivirá fuera del torrente de dinero, una corporación adicta a las toxinas del gasto público? Ese es el reto. Reconciliar es regenerar, para no cantar aquel responso que dice, Requiescat in pace.
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