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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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07 Enero 2017 04:00:00
Retórica hipócrita
La violencia contra las mujeres, en cualquiera de sus formas, es en México el pan de cada día. El temor y la desconfianza en un sistema penal viciado inhibe la denuncia y agrava el fenómeno. El poder –económico, político y como sinónimo de fuerza– subyuga a la mujer. La retórica y los entes burocráticos de protección sirven tanto como una cubeta desfondada para apagar incendios. Así lo plantea Édgar London en la nueva edición del bisemanario Espacio 4:

“La esencia de la ola de feminicidios que hoy asedia a México y se multiplica por doquier, es esa: a las mujeres las matan porque se permite hacerlo –y vale decirlo, sucede cada vez de manera más abierta. No se trata, únicamente, de enarbolar pusilánimes leyes o penas penitenciarias que, si acaso llegan a aplicarse, debieron representar para las víctimas el final de un tortuoso camino, plagado de burocracia, desinterés y contubernio machista porque, a fin de cuentas, ‘es una vieja menos’ y que, en múltiples ocasiones, el castigo no cubre el sentido de justicia que busca la víctima de una golpiza, una agresión sexual, trabajo en condiciones de esclavitud o, en el peor de los casos, que los padres exigen porque su hija ya está muerta.

“La raíz de esta permisividad es mucho más profunda. Referencia las bases de una sociedad machista, donde, desde tiempos inmemoriales, las féminas son sinónimo de posesión. Las niñas pertenecen a su padre, las jóvenes a su novio, las mujeres a sus esposos. Nótese, incluso, la diferencia entre los términos marido y mujer. El primero delimita un estatus marital, el segundo no distingue nunca la condición de cónyuge del género que representa. Decir ‘mi mujer’ incluye tanto a la consorte como al ser humano. Por eso es preferible utilizar ‘esposa’, que se ubica a la par de su homólogo ‘esposo’. (…)

“La cultura tampoco ayuda mucho por estos días. Temas de canciones populares incitan a la violencia de género de distintas maneras, las mujeres ya han rebasado su consabida imagen de objeto sexual para convertirse en verdaderos fetiches sin cerebro ni ropa. Estereotipos que, en la práctica, las ubican en desventaja cuando enfrentan un proceso judicial desde el rol de agraviadas, pues las autoridades suelen trasladar la responsabilidad del delito a la víctima y no al victimario, bajo el argumento atenuante de la forma en que se viste, la hora en que camina por las calles o la clase de hombres con los que se relacionaba.

“Desde el momento en que se toma a la mujer como pertenencia, los vínculos con ellas tienden más a ser los que mantenemos con un objeto cualquiera. Especialmente si dicha pertenencia se ve acrecentada por una subordinación económica –además de la social antes expuesta. A pesar de la lucha por la equidad de género, las desigualdades entre hombres y mujeres siguen marcando la agenda, sobre todo en obtención de empleos. Acorde al resumen ejecutivo ‘Las mujeres en el trabajo’, publicado por la Organización Internacional del Trabajo, en 2016, ‘a escala mundial, la probabilidad de que las mujeres participen en el mercado laboral sigue siendo casi 27 puntos porcentuales menor que la de los hombres. (…)

“Por si esto no resultara suficiente, un estudio del Colegio Jurista reveló que en México 1.4 millones de mujeres padecen acoso sexual en el trabajo, y lo peor es que rara vez se denuncia. Estas condicionantes, por tanto, crean el ambiente propicio para elaborar una cadeneta con consecuencias nefastas. El hombre sale a trabajar. El hombre gana dinero. Si el hombre paga, entonces manda. El problema es que, a veces, paga y pega. Y muchísimas ocasiones, cuando pega, mata”.
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