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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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24 Septiembre 2016 04:00:00
Retrete electrónico
Un pueblo que lee asume su cultura y se enriquece con el conocimiento de la humanidad.

Pero el mexicano, de acuerdo con los analistas, lee entre medio y dos libros al año, que se refieren a superchería y charlatanerías del calibre de superación personal, desarrollo humano y horóscopos. Si ese mexicano dedicara a la lectura la milésima parte que describe la vida que descarga aplastado a dos nalgas en ese retrete electrónico que es el televisor, o si hipnotizado como pasa su tiempo de vida con los ojos clavados en el celular que aferra en sus dos manos, pudiese salir del subdesarrollo mental como alguien fuera capaz de zafarle la pantallita alucinante y en su lugar colocarle un buen libro. Total, ¿ese mexicano se percataría del cambio?

A propósito: conozco un libro que por ilustración exhibe una foto, pero qué foto la que describe Salvador Elizondo en Farabeuf. Estremecedora, la miro con detenimiento, y escalofriante. Muestra la foto y el texto detalla el tormento ritual que cinco verdugos chinos aplican a un ajusticiado mientras lo van desollando vivo, y el gesto del rostro aquel como en éxtasis mientras el cuerpo, ya cercenadas las manos, es serruchado a la altura de las rodillas. Temple se precisa para examinar la foto y leer la descripción del tormento, que narra un testigo presencial:

“Primero le hacen dos tajos horizontales sobre las tetillas y luego, jalando hacia abajo los bordes de esas incisiones, el verdugo le arranca la piel hasta dejar al descubierto las costillas (...) Es curioso ver cuán resistente es la carne de nuestro cuerpo; es preciso ver la magnitud del esfuerzo que desarrolla el verdugo antes de poner al descubierto las costillas del hombre, para comprender cuál es exactamente la capacidad y la resistencia de la carne”.

Sobrecogedor: “El supliciado nunca grita. Los sentidos quizá se vuelven sordos a tanto dolor. (...) Comprendí que el dolor, de tan intenso, se convierte en orgasmo (...) El dignatario (...) ordena a los demás verdugos, mientras se enjuaga las manos manchadas de sangre, que procedan al descuartizamiento (...) Es un hecho curioso que en toda esta escena sólo el supliciado mira hacia arriba, todos los demás, los verdugos y los curiosos miran hacia abajo. Hay un hombre, el penúltimo hacia el extremo derecho de la fotografía que mira al frente. Su mirada está llena de terror...”.

Y que en las pupilas del supliciado se refleja un delirio misterioso y exquisito, y que parece estar absorto en un goce supremo, porque existe un punto en el que el dolor y el placer se confunden. “Se trata de un símbolo, un símbolo más apasionante que cualquiera otro (...) El rostro de este ser se vuelve luminoso, irradia una luz ajena a la fotografía. Uno de los espectadores del rito macabro se apoya sobre el hombro de su vecino para seguir con la vista todo el trabajo de los verdugos, que representa el horror en su máxima expresión”. Mis valedores:

Fue en la tertulia de anoche donde se trató el tema de Farabeuf, con la observación final del maestro:

El dignatario que dirige la tortura es Donald Trump. Por cuanto a sus achichincles (sus servidores, más bien) esos bergantes tan diestros en navaja, cuchillo y serrucho, que así despellejaron a su víctima inerme y la dejaron en carne viva, ¿no se les hacen caras conocidas? Por cuanto a la víctima, contertulios, ¿quién podrá ser esa víctima? ¿Quién?

O más propiamente, ¿quiénes, cuántas? (Uf).
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