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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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08 Octubre 2017 04:03:00
Revistas de ayer
‘La infancia se mide por los sonidos, olores y vistas, antes de las horas oscuras en que la razón crece’. / John Betjeman

Cuando era pequeño, prácticamente desde que nací y hasta bien cumplidos mis 12 años de edad, viví con mis padres y hermanas en una casa del Centro de la ciudad de la calle de Manuel Pérez Treviño, cuando esta se llamaba Venustiano Carranza y nuestra salida a Monterrey tenía el nombre de bulevar Constitución. Ahí viví mi primer infancia y aunque, como en todo, hubo momentos tristes, me quedan los mejores recuerdos de ese que era MI barrio.

Y a esa casa, cada lunes, alrededor de las 3 de la tarde, llegaba a tocar la puerta un señor que vestía impecablemente de traje, chaleco incluido, sombrero de bombín y una especie de mecapal que colgaba de su hombro y que, según la acera que recorriera, lo llevaba en el lado derecho o izquierdo de su cuerpo, pero siempre hacia la pared y con el cual cargaba una cantidad considerable de revistas de todo tipo que vendía de casa en casa. A dicho señor le llamábamos cariñosamente “Callitos”; siempre creí que dicho apelativo aludía al hecho de que por mucho caminar recorriendo las calles de mi Saltillo de los 70 y 80 padecía de dicho mal, pero no; resulta que hace poco me enteré que en realidad el señor en mención se llamaba Cayetano, por lo que lo que yo creía que era un apodo, en todo caso resultó ser el diminutivo de su nombre.

Sí, “Callitos” era lo que hoy llamamos voceador, pero supongo que, por su particular forma de vender las revistas, de casa en casa, se había hecho de una clientela habitual a la que visitaba semana a semana; y como les decía, a casa de mis padres llegaba con su cargamento de revistas los lunes cerca de las 3 de la tarde a dejar, de entrada para mi abuela doña Catalina la infaltable Lágrimas, Risas y Amor, de Editorial Vid, la cual narraba novelas por entrega de la escritora mexicana Yolanda Vargas Dulché, madre literaria de Memín Pinguín –sí, el negrito ese de historieta que provocó hasta un incidente diplomático entre México y los Estados Unidos por la edición de sus timbres de correo–, revista, la primera que señalé, donde leí algunas historias clásicas de nuestra literatura popular contemporánea como El Pecado de Oyuki, Rubí, Paulina, Orlando y Fabiola, Yesenia y Rarotonga, entre otras.

Pero, además, “Callitos” nos dejaba otras revistas, además de la primera que señalé; nombraré algunas, tratando de traerlas a mi memoria, tal como la misma me lo permita. Una de ellas era Variedades de Walt Disney, Archie, La Pequeña Lulú, El Conejo Bugs, El Pájaro Loco y Sal y Pimienta, estas en sus tres tamaños clásicos, Avestruz, la más grande; Águila, la mediana, y Colibrí, la más pequeña, que era casi, casi de bolsillo.

Pero no todo eran revistas o cómics infantiles, también los había deportivos; y otros de los que tenía mi abuela a bien comprarme era, por supuesto, Santo, de José G. Cruz, una especie de cómic–fotonovela que llevaba, obvio, como personaje principal al Legendario Enmascarado de Plata, dos revistas con contenido luchístico llamadas El Halcón y Ring de Box y Lucha; Hit y Superhit revistas de información semanal con temas beisboleros; Balón revista dedicada al futbol y una especie de, ese sí comic infantil, llamado Chivas, Chivas Ra, Ra, Ra. Este último tenía como protagonista a un personaje ficticio llamado “Chivito” que se hacía acompañar de otros igualmente ficticios o contemporáneos a la época de edición de la misma, y que jugaban o habían jugado en el equipo de mis amores, las Gloriosas Chivas del Guadalajara, como “El Centavo”, que aludía al trágicamente fallecido Octavio Muciño, “Ranel”, que no era sino Víctor Rangel caricaturizado en rana, y el portero de nombre “Pulpito”, ese tan absolutamente imaginario como el goleador “Chivito” y el entrenador que temporada tras temporada era llamado “El Señor Tejón”, a pesar de ser realmente un mapache.

Hace poco, por pura nostalgia y curiosidad me di a la tarea, en uno de los pocos ratos libres que tengo, de buscar en la red números de la revista en mención y no batallé para dar con vendedores de la misma, asombrándome el costo que tenía cada uno de ellos ¡la friolera de 700 pesos por unidad! Lástima que yo sólo haya conservado dos, si no ahora seguro sería millonario porque por mis manos pasaron cerca de unos 100 capítulos, mismos que fueron a terminar vendidos en la tienda de abarrotes de una tía hermana de mi abuela, dónde solíamos ir de visita cada domingo, y a la que llegaba yo con mi tambache de revistas para comercializarlas en uno o dos pesos más abajo del costo original, para así hacerme de más dinero y el día siguiente comprarle nuevas revistas a nuestro voceador.

Otra de las producciones literarias que me llevaba semana a semana “Callitos” era una revista muuuy buena llamada Leyendas y Tradiciones de la Colonia, misma que, como su nombre lo dice, relataba antiguas leyendas coloniales tomadas de, esto lo supe después cuando ya interesado en textos sobre dicho tópico, mi favorito, conseguí libros como el de Luis González Obregón, Juan de Dios Peza, Vicente Rivapalacio y el infaltable Clásico Historias, Tradiciones y Leyendas de las Calles de México, escrito por el saltillense que además fue cronista de la Ciudad de México, don Artemio de Valle Arizpe, y publicado por Editorial Diana.

¡Ah Don “Callitos”! ¡Mi voceador favorito de la infancia! ¿En qué viejo callejón de mi Saltillo de niño te habrás perdido con tu mecapal? Ojalá cuando llegue a las puertas del cielo me recibas impertérrito con tu traje y tu sombrero de bombín, y entregándome un buen de ellas me digas: “Pepe, la GLORIA también es una infinita biblioteca plagada de buenas revistas para tu deleite eterno…”
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