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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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08 Agosto 2016 04:00:29
Río 2016 y el poder de los Juegos Olímpicos
Comenzaron los Juegos Olímpicos Río 2016 y con ellos se desataron pasiones y desbocaron ánimos. La justa deportiva más importante del mundo trae consigo una gran cantidad de situaciones y efectos. Detenernos a reflexionar sobre la trascendencia de los Olímpicos, cuyo génesis se identifica en la Grecia Antigua (siglo 776 a. C.), es imperativo para valorar el esfuerzo que, de modo permanente y constante, llevan a cabo miles de personas convocadas y dirigidas por el Comité Olímpico Internacional –organismo responsable del proceso de elección de las sedes, así como de la planeación, organización y desarrollo de las competencias–, en conjunto con los representantes de la ciudad que corresponda; ellos deben garantizar que cada una de sus ediciones sea todo un éxito. La tradición y el prestigio, no sólo de la institución, sino de las Olimpiadas mismas, requieren no escatimar en el más mínimo detalle para asegurar la satisfacción de un mundo cada vez más exigente.

Desde sus inicios (Atenas, 1896), los Juegos Olímpicos Modernos se fueron consolidando como la actividad deportiva más esperada por atletas, autoridades del deporte, medios de comunicación y masas ansiosas de disfrutar las competiciones que abarcan e ilusionadas con la posibilidad de ver a sus favoritos subir al pódium. Lo que no se logra con poco, pues, además de la logística para atraer y concentrar durante varios días a miles de participantes y
espectadores provenientes de todas las regiones del orbe, su impacto económico es estratosférico.

En el caso de Río 2016, el presupuesto total (aunque muy inferior al de Londres 2012) fue de 4 mil 600 millones de dólares, tanto para obras de infraestructura y acondicionamiento, como para gastos de operación del comité organizador (La Nación/El Financiero, julio 2016). Huelga señalar la complejidad que una inversión de ese tamaño implica para todos los involucrados: financiadores públicos, privados y patrocinadores; complejidad que, en vista de la crisis
política y financiera que actualmente afecta a Brasil, en esta ocasión se acentúa de forma extraordinaria.

Pero más allá del contexto en que el que se celebran los Juegos Olímpicos que ahora corren, los cuales por primera vez en la historia tienen lugar en una nación suda-mericana, y que han convocado a más de 11 mil atletas, de 42 deportes olímpicos, provenientes de alrededor de 200 países, vale la pena rescatar lo más esencial, lo que los convierte en la cita periódica con la mayor cantidad de externalidades positivas en el planeta.

Por principio de cuentas, dignifican a la humanidad porque colocan a todos los participantes en igualdad de condiciones para competir, sin importar su nacionalidad, raza, el nivel de desarrollo del país que representan, su influencia ni tamaño. Permiten apreciar y revalorar a la persona y su capacidad como especie, toda vez que las competencias exigen niveles de disciplina, preparación, acondicionamiento, concentración, fuerza y destreza tales, que las elevan hasta
lo más cercano a la perfección.

Otro aspecto sustancial de los Olímpicos es que promueven el voluntariado de una forma tan profesional que, en el caso de Río 2016, los 50 mil voluntarios que participan, originarios de 156 países, tuvieron que dejar trabajos, estudios, familias y sus ocupaciones ordinarias para, después de inscribirse desde mediados de 2014 y acreditar ser aptos, capacitarse en historia, valores, cultura, salud, seguridad, liderazgo y servicios, durante varios días previos al inicio de los Juegos. Asimismo, facilitan la comprensión, fortalecen el respeto al multiculturalismo y difunden las culturas regionales de los países sede, ya que, por una parte, tienen lugar la convivencia y el intercambio entre personas de todas las regiones del mundo (muchas radicalmente diferentes en cuanto a tradiciones y costumbres), y, por la otra, se constatan los valores universales y se estrechan lazos que refuerzan la razón y la conciencia. Así, los Juegos Olímpicos son una herramienta poderosa para el engrandecimiento de la humanidad como familia, en donde las nacionalidades y el número de medallas obtenidas, aunque son importantes ya que fomentan la competitividad, pasan a un segundo plano y pasan a ser un mero indicador ornamental.
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