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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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15 Febrero 2017 04:00:00
Riquelme:  ruptura forzosa
La presidencia imperial, cuyo modelo se enquistó en los estados, poseía poderes extraordinarios, pero no los compartía. Las sucesiones se resolvían sólo en Los Pinos. Agotada la figura del “tapado”, Miguel de la Madrid recurrió a la pasarela. Otra farsa. Los aspirantes desfilaban para legitimar… el dedazo. En reciprocidad, el monarca esperaba lealtad de su delfín e influencia en su Gobierno. Sin embargo, tan pronto como el nuevo monarca ocupaba la silla del águila (símbolo de la dictadura perfecta), imponía sus propias reglas y rompía con su predecesor. Cuando López Portillo sucedió a Echeverría, unos reporteros interrogaron a Díaz Ordaz sobre la situación del país. “Veo dos presidentes”, replicó. Al poco tiempo, Echeverría volaba a las islas Fiji –al otro lado del mundo– como embajador.

El choque más fuerte ocurrió en 1995. Ernesto Zedillo tuvo el valor de tocar a la familia real y al soberano anterior. En los primeros meses de su mandato, encarceló a Raúl Salinas por delitos de corrupción y el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, su excuñado. Carlos Salinas respondió con una ridícula huelga de hambre –no duró ni un día– y finalmente se autoexilió en Cuba e Irlanda. Zedillo ha sido uno de los mejores presidentes de México; de los pocos que no avergüenzan. Tampoco usó el poder para enriquecerse.

Antes de la alternancia presidencial, las sucesiones estatales también se decidían en Los Pinos. Por lo general, en contra de la preferencia del Mandatario local por alguno de los aspirantes. El presidente mantenía así el control de los estados, evitaba cacicazgos y anulaba competencias. Por ese motivo, la relación entre gobernador y exgobernador de Coahuila fue siempre nula o tirante. Las cosas cambiaron en 2011. Humberto Moreira dejó como sucesor a su hermano Rubén –situación inédita en 82 años de dominio priista–, lo cual no impidió que entre ellos también surgieran discrepancias. ¿Reales o ficticias para entretener a las galerías?

La pregunta es: si Miguel Riquelme sucede a Rubén Moreira, ¿cómo lidiará con quien lo convirtió en candidato único y con su equipo? (El registro de Jesús Berino Granados es una parodia.) Las mayores críticas contra el lagunero son por su dependencia del clan –se le considera una extensión del moreirato–, más que por su desempeño como alcalde de Torreón. Sin embargo, por esa relación es ahora candidato al Gobierno del Estado.

Los principales logros de la administración de Riquelme son en seguridad, abasto de agua, recuperación de espacios urbanos y obras como la línea verde y el Parque Cultural y Deportivo Jabonera La Unión. En cambio, la modernización del alumbrado público y el teleférico son severamente cuestionados. El primero por su costo, eficiencia e impacto (deuda) en las finanzas municipales, y el segundo por su utilidad frente a demandas de servicios públicos y el deterioro del pavimento en toda la ciudad.

¿Qué tanto dependerá Riquelme de Rubén Moreira, en caso de ganar las elecciones? Si el tema se extrapola a su relación con Eduardo Olmos, a quien sucedió en la Alcaldía, puede anticiparse un distanciamiento con el moreirato después del 4 de junio. ¿O antes? La exigencia política y social consiste en suprimir las estructuras montadas hace 12 años. Si Riquelme triunfa en las elecciones más competidas de la historia, por los vientos de alternancia que soplan en el estado, él debe ser quien gobierne. El ciclo del tándem de Humberto y Rubén, ya concluyó. Coahuila no aguanta seis años más de lo mismo.
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