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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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17 Marzo 2017 03:00:00
Romper con el pasado
El presidente que liberó a Coahuila y al país del dedazo fue Zedillo. Ofreció una sana distancia entre la Presidencia y el PRI, y cumplió. Para impedir que los duros de su partido torcieran el resultado de las elecciones de 2000, como en 1988 lo hicieron para imponer a Salinas, se anticipó al Instituto Federal Electoral (hoy INE) y anunció el triunfo del candidato del PAN, Vicente Fox. El monopolio del PRI había acabado. Ese año, la banda presidencial cruzó otro pecho después de 71 años de ostentarla puros priistas.

Zedillo predicó con el ejemplo y los gobernadores, contra su voluntad, debieron hacer lo mismo, salvo excepciones. El amigo coahuilense del presidente era el lagunero Humberto Roque Villanueva a quien, en algún momento, se refirió como su brother. Por el despacho de Roque, en la Aseguradora Hidalgo, donde su “hermano” lo instaló después de haberlo convertido en líder del Congreso y del PRI, empezaron a desfilar políticos de todo el estado. Suponían que sería el sucesor de Rogelio Montemayor.

Sin embargo, el candidato del gobernador era el empresario Jesús María Ramón, exalcalde de Ciudad Acuña y exdiputado federal. Al final, ni uno ni otro. En 1999, como hoy, el horno sucesorio no estaba para bollos. Un año antes, en Zacatecas, Ricardo Monreal había renunciado al PRI por excluyente y antidemocrático (razones por las cuales Javier Guerrero hizo lo mismo ahora en Coahuila), y derrotado al favorito del gobernador, Marco Antonio Olvera, bajo las siglas del PRD. El Monreal de Coahuila, en aquel momento, era Enrique Martínez.

Frente al riesgo de perder otro cuadro importante –un sexenio atrás, el presidente Salinas había impuesto a Montemayor– y una Gubernatura más, el PRI –con Zedillo en Los Pinos– recurrió por primera vez al método de consulta abierta. Martínez ganó sin dificultades a Jesús María Ramón y Braulio Manuel Fernández Aguirre. Sin embargo, el PRI no se libró de conflictos: el exministro de la Corte, Atanasio González, se postuló por el PT, mas por su falta de arraigo obtuvo sólo una votación marginal.

Con los panistas Fox y Calderón en la Presidencia, los gobernadores se reimplantaron el dedo que Zedillo les había cortado e impusieron a sus sucesores. La situación explica la ruina financiera de los estados y los elevados niveles de corrupción, violencia e inseguridad en la República. Para darle un barniz democrático a sus decisiones continuistas, los mandatarios pervirtieron el método de consulta abierta. En Coahuila pasó con Humberto Moreira. Su hermano Rubén, quien le sucedió en el cargo, fue candidato único.

Ante la imposibilidad de un tercer Moreira en el Gobierno, hace tres años el clan se decantó por el lagunero Miguel Riquelme. El 26 de febrero, el alcalde con licencia de Torreón ganó un proceso interno marcado por la suspicacia, debido al torpe manejo de la información por parte de la presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, Verónica Martínez. La diputada, quien pertenece al equipo de Riquelme, anunció la impresión 400 mil boletas, pero al final votaron más de medio millón de priistas. Las aclaraciones posteriores sólo ahondaron la sospecha. Según el cómputo, Riquelme obtuvo 454 mil 447 votos y Jesús Berino 37 mil 379.

El principal lastre de Riquelme no es él ni su gestión como alcalde –donde tuvo aciertos y errores–, sino su relación con los Moreira. Las oposiciones y las redes sociales lo presentan como Moreira III. Él dice que no lleva el apellido del clan en el poder desde hace dos sexenios, pero no basta. Deberá hacer más para demostrar, como dice AMLO –y antes lo escribió José Alfredo– con respecto al PRI y al PAN: “que no somos iguales”.
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