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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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27 Noviembre 2015 05:06:12
Sacrificio de peones
El pasado miércoles se registraron dos hechos notables, extraordinarios, dado el altísimo nivel de impunidad que cobija a la clase política que padecemos los mexicanos: la resolución de la Fepade sobre la descarada compra de votos de esa abominación llamada Partido Verde y el informe de la CNDH sobre el caso Apatzingán.

Una lectura inicial, bañada de esperanza pero en su esencia muy ingenua, supondría que por fin se dan pasos concretos para el fortalecimiento de las instituciones y que en el lance se envía el mensaje de que tarde o temprano el que la hace la paga. Si tomamos referentes de la historia reciente habría que explorar otras lecturas.

Si bien parecieran burbujas de naturalezas distintas, en realidad son piezas del mismo juego en el tablero de ajedrez en el que desde hace rato se convirtió el país, de cara a la no tan lejana sucesión presidencial. Hay que entenderlo en ese contexto, ya todo se mueve con un sólo propósito.

Primero lo estridente: La Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales solicitó una orden de arresto contra el exvocero del Partido Verde Ecologista de México, y en ese momento subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana de Segob, el impresentable Arturo Escobar y Vega, por haber orquestado la burda compra de votos a través de las tarjetas Premia Platino en los comicios federales de este año.

Escobar llegó a Gobernación en recompensa por haberse embarrado de lodo hasta la coronilla en lo que entendió como su papel en la alianza PRI-PVEM. Un simple peón que por añadidura nunca fue capaz de argumentar con solidez sus posiciones, ni en el partido, ni en Segob.

Era insostenible, una mácula más en el de por sí sucio andamiaje político-gubernamental. Totalmente desechable, hoy enfrenta la posibilidad de terminar en la cárcel por delitos electorales, o al menos es lo que exigen partidos como Acción Nacional y Morena.

Y ahora, lo subterráneo: tras meses de investigación de los hechos de Apatzingán, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos entregó un detallado informe en el que sostiene que se registraron abusos, excesos y hasta ejecuciones extrajudiciales de fuerzas federales. El informe aceptado en principio por la PGR reduce y compromete la figura del excomisionado de seguridad en Michoacán y hoy director de la Comisión Nacional del Deporte, Alfredo Castillo Cervantes.

Muy cercano, es cierto, al presidente Peña Nieto, Castillo es en el fondo un peón del Grupo Atlacomulco, y como tal también es prescindible, sobre todo en estos momentos en que no atina a resolver la bronca con las federaciones del Comité Olímpico y que ponen en riesgo la participación de México en Río 2016.

A este personaje, los panistas exigen se le finque responsabilidad penal por el desaseo y la manipulación con las que intentó ocultar la matanza de civiles en Apatzingán. Estaban desarmados y se habían rendido, dice la CNDH y entonces el excomisionado simplemente mintió.

La pregunta sería ¿por qué se sacrificarían hoy esos dos peones? Y la respuesta se podría encontrar en la urgencia de legitimar el siguiente tramo, de crear espacios de maniobra (ya que actualmente cualquier paso está tocado de sospechas) y especialmente blindar argumentos a la hora de aterrizar estrategias para acotar a los “enemigos”, entre ellos a Andrés Manuel López Obrador, sobre todo después del escarceo que huele a pifia de Beltrones.

Con Escobar y Castillo en la picota, los que mueven los hilos del poder podrían suponer que tendrán mayor solvencia para reducir reflectores a AMLO y que podrán desplegar un escudo de defensa contra los que desde diversas esferas, tanto nacionales como internacionales, cuestionan sistemáticamente la violación a los derechos humanos como un mal endémico en nuestro país y característica de la presente administración (habría que recordar Tlatlaya y Ayotzinapa, entre otros muchos).

Es un juego de ajedrez en el que se sacrifican peones y se intenta avanzar con alfiles y torres. Así de simple en las formas, así de complejo en el fondo. En este escenario queda la esperanza de que el sacrificio de los dos peones alerte al resto: no importa qué tanto se embarren para demostrar lealtad, tarde o temprano deberán correr la suerte que realmente les toca, el sacrificio y entonces tal vez algunos la piensen dos veces antes de llegar hasta la ignominia.

Aunque claro, siempre queda la otra lectura: en México los políticos no juegan ajedrez, sólo damas chinas; no hay más que reflejos de la torpeza de quienes nos gobiernan y en el reino de la simulación, Escobar y Castillo pueden salir bien librados, incluso “caer para arriba”.
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