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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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25 Mayo 2018 04:00:00
Salma
“¡No disparen, soy inocente!”, pudo haber gritado Salma, aunque sus palabras se las hubiera llevado el viento, pero no lo hizo, una bala le entró en mitad del cráneo. Segundos antes varios impactos hicieron lo mismo con Juan David, su pareja. La sangre estalló a borbotones, salpicó las micheladas que tenían sobre la mesa y llegó al suelo antes de que su cabeza rebotara contra el biscoso charco de sesos y plasma.

Celebraban un cumpleaños, eran cinco chavos y una mujer, Salma. A ella le tocó porque estaba junto a Juan David, apretados en una mesa para cuatro. Bebían en la Cervecería de Barrio, un bar de puertas abiertas, casi una terraza bajo la noche fresca. Su última noche juntos.

Esa cervecería, popular en la colonia Del Valle, está en la esquina de Av. Universidad y Pitágoras, frente a mi casa, yo también la frecuento. Voy por sus tacos de camarón y su aguachile. La noche del pasado 15 de mayo, Andrea y yo veíamos a Denise Maerker en su noticiero cuando oímos los truenos secos a poca distancia, tan lejos como quien avienta cuatro, seis, siete piedras a un pozo de agua. Nuestros gatos salieron disparados a refugiarse. “Son balazos”, le dije a Andrea.

Minutos después, desde mi ventana tomé una foto de la escena del crimen, la tuiteé y bajé a averiguar. En medio del escándalo de las ambulancias, el derrapar de las patrullas que seguían llegando y el llanto contenido de más de una mujer, vi a la pareja en el suelo, juntos, sobre el charco de sangre. “Huele a cohete quemado”, pensé y un mesero con el mandil ensangrentado o sería la salsa Valentina que también escurría de la mesa y se avivaba con la luz roja de las torretas, gritó: “¡se fueron por allá!”.

Los dos sicarios entraron por Pitágoras, caminaron entre el bullicio y las mesas de madera y a pocos centímetros de los celebrantes desenfundaron sus .9 milímetros. A él le metieron 16 balazos, a ella dos. Luego regresaron por donde habían llegado y huyeron en una moto entre el mortal silencio de la noche. Nadie vio nada, aseguraron los demás comensales. Ni siquiera notaron en qué momento, los otros cuatro que estaban en la mesa se fueron sin pagar la cuenta.

Andrea no había querido acompañarme, ella monitoreaba mis movimientos desde la ventana, seguía el pulso de las redes que hacian viral mi fotografía. Desde su puesto de guardia vio cómo dos patrullas le cerraban el paso a un Sonic que circulaba en contrasentido por la avenida. Después sabríamos que era Edwin, llegaba tarde a la celebración, al cumpleaños 26 de Juan David.

Enseguida, mi celular comenzó a vibrar, dos, tres, cinco mensajes, era Arturo Sánchez, editor del periódico Metro, con quien de vez en cuando intercambio fotos de chicas encueradas, me preguntó: “¿estás ahí?, fíjate qué dice el tatuaje que ella tiene en la espalda”. Eran 12 palabras en dos líneas, frases que no pude ver por los mirones, por tantos policías que acordonaban el lugar y los paramédicos de seis ambulancias. Palabras que Itzel, también conocida como Salma, de 19 años, otra víctima del narcomenudeo que gobierna esta ciudad, se llevará a la tumba.
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