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Guillermo Fárber
Guillermo Fárber
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Guillermo Fárber (25 de septiembre de 1948, D.F.) estudió ciencias y técnicas de la información y una maestría en administración; se ha desempeñado como reportero, redactor, guionista en Televisión Independiente de México, comentarista político en Radio 13, radio Fórmula, Radio ABC, conductor de ¡Cámara con los grillos!, primer programa de periodismo puramente palamentario en la historia de la radio mexicana, editor del portal mexico.com, columnista político en publicaciones como Vértigo, Excélsior, Noroeste de Mazatlán y Culiacán, Sinaloa, Por esto!, de Yucatán, comentarista de televisión en Canal 40, coordinador de Información en el Instituto de Desarrollo de Recursos Humanos del gobierno del Estado de México, y en un sinfín de puestos relacionados con la comunicación y la mercadotecnia. Entre sus publicaciones se encuentran, Elogio d ela locura de un ave desairada, Costa-Amic, 1976; El mexicano diseñado por el enemigo, V Siglos, 1976; A imagen y semejanza (novela política), siglo XXI, 1992; Política de competencia en México: desregulación económica 1989-1993, FCE, 1993; Adiccionario del chacoteo, Sansores y Aljure, 1997; Fobaproa: bomba de tiempo (coordinador y coautor), Times, 1998; La nueva crisis de México (en colaboración), Aguilar, 2002; ¡Déjate de pendejadas!, Excélsior, 2003.

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03 Abril 2017 04:00:00
Sarcasmos
SINC­RONÍAS

Últimamente me persiguen las casualidades que, como sabemos, nunca lo son. Traigo varias semanas muy acosado por Plutarco Elías Calles. Marián y yo desayunamos con frecuencia aquí a unas cuadras en “El 13: Comedero de suerte” de mi amigo Jorge Elías Calles. Así se llamaba el comedor de su abuelo en la residencia presidencial del Castillo de Chapultepec (muy incómoda para vivir en familia, me dice). Por cierto, un tío de mi amigo Arturo Sandoval, fue chef en ese comedor y contaba que antes de probar bocado alguno Plutarco, alguien tenía que probar el guiso en su presencia, por aquello de los envenenamientos.

Eso de los envenenamientos era una costumbre muy habitual en esa época y medio: se envenenaban alegremente unos a otros todo el tiempo; así es fama que Obregón se deshizo de docenas de militares que le estorbaban, como fue al parecer el caso de sus socios en negocios petroleros, los generales Benjamín Hill y Barquera (bisabuelo materno-paterno de mis hijos). Una hierba muy socorrida para estos menesteres era el toloache o veintiunilla, llamada así porque mata a la víctima al día 21 de ser ingerida y después de una agonía que incluye el síntoma de sudar sangre.

El hermano de Jorge, Alfredo, anda por acá (vive casi todo el tiempo en el reino de Camboya), y es el autor de la biografía novelada “Yo fui Plutarco Elías Calles”, que leí de un tirón y comentamos con él en la tertulia del jueves pasado.

PLAZA RÍO DE JANEIRO

Ayer decidimos tomar una ruta ligeramente diferente para regresar a pie a casa, dando un pequeño rodeo para pasar por la plaza Río de Janeiro, cuyo entorno urbano encuentro particularmente grato (en uno de cuyos costados, entiendo, habita Guadalupe Loaeza). Como muchos rincones de la zona, la plaza está en obras de remodelación (es decir, reventada) pues el delegado Ricardo Monreal (a quien yo conocí como ariete priista del entonces secretario de Gobernación Emilio Chuayffet, que pretendió hace 20 años impedir la instalación del primer Congreso no dominado por el PRI, arbitrariedad que frenó el presidente Zedillo) ya tiene amarrada la próxima jefatura de gobierno de la CDMX y quiere ser presidente en 2024 (no te rías, el chavo es habilidoso en grado sumo; recuerdo cuando quiso ser candidato del PRI a la Gubernatura de Zacatecas y este partido se la negó, Monreal se fue al PRD, logró su ambición y desde entonces es “de izquierda”, ahora ya no perredista sino pejista).

PADRE PRO

Una cuadra después de la plaza, sorteando asfaltos levantados, guarniciones trituradas y aceras perforadas, descubrí junto al templo llamado la Sagrada Familia, en la esquina de Orizaba y Puebla, colonia Roma, una pequeña joyita que nunca había visto ni sabía que existiese: un museo dedicado al legendario padre jesuita Miguel Agustín Pro, personaje capitalino de la Guerra Cristera fusilado en 1927 sin juicio previo, con otros tres coacusados, por supuestamente haber participado en uno de los tantos atentados contra la vida de Obregón, que pretendía reelegirse en el modelo de Porfirio Díaz, tras prestarle por cuatro años el poder a su contlapache… Plutarco otra vez.

Por cierto, en la casa adjunta vivió muchos años don Julio Chávez Montes, patriarca de la endocrinología mexicana, quien me atendió en 1966 de algún olvidado trastorno tiroideo. El museo te lo recomiendo de verdad: no tiene una pieza de más ni una de menos para transmitirle al visitante todo el drama histórico, personal, político, religioso, de ese caso lamentable. Contra esquina está la Casa Universitaria del Libro (exCentro Asturiano), en la cual presenté siete u ocho de mis libros (un récord ahí, entiendo), cuando todavía esas vanaglorias me llamaban la atención.

Por cierto, el encargado directo de los fusilamientos fue el jefe de la policía general Roberto Cruz, de cuyo sonriente hijo del mismo nombre fui compañero de trabajo en 1973 en Seguros Monterrey.
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