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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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05 Agosto 2017 04:00:00
Sarcasmos
El éxito puede ser simplemente la culminación de algo o un resultado satisfactorio, pero como concepto social no se trata de otra cosa más que de buena aceptación a partir de cumplimentar méritos y logros impuestos y juzgados por otros que siempre querrán estar por encima de nosotros. Este éxito no es un ideal de mejoría, sino un rasero, siempre limitante. De ahí que sea tan efímero y a veces imposible.

Por eso, una y sólo una es la clave del verdadero éxito: cambiar de aceptante, del otro, cualquiera que este sea, a uno mismo. Habrá que sacrificar por supuesto lo que la mayoría busca verdaderamente (aunque no lo reconozca) cuando persigue el éxito: el placer que causan la admiración y la envidia ajenas, en sustitución de la felicidad que está oculta ahí donde no estamos pudiendo llegar: nuestro auténtico ser.

La mayoría de las personas trata de saber quién es y de encontrar el sentido de la propia importancia a través de la mirada ajena, esa a la que nunca le dará uno gusto; antes, todo lo contrario. Ya decía el escritor y orador motivacional Jim Rohn: “Si no diseñas tu propio plan de vida, hay muchas oportunidades de que caigas en el plan de otra persona. Y adivina qué han planeado para ti. No mucho”.

La idea de buscarnos en los otros se debe a la necesidad de tener una identidad colectiva, de la cual partir para saber lo que como individuos somos, pero hay quienes se estancan ahí, en la aprobación ajena, porque la búsqueda de sí mismo está empañada por la carencia de la mínima aceptación que le debían sus progenitores, de manera que tratan de obtenerla de cualesquiera otros que puedan representarlos.

Tal carencia de aceptación significa, por otra parte, un obstáculo para la felicidad, que sólo se encuentra en la conexión profunda con uno mismo, muy difícil de lograr si no se tuvo antes con los padres.

Ahora, el cambio de aceptante tampoco es fácil, puesto que uno se ve a sí mismo con la exigencia y hasta el desprecio del rasero ajeno e incluso el fraterno. Por eso el éxito no puede ser un proyecto de cinco pasos ni una receta de tres ingredientes.

Tiene que ver con el trabajo interno que hay que llevar al cabo para salir del cautiverio de la opinión ajena, las creencias limitantes, las costumbres depredadoras, la competitividad desgarrante.

Cada uno de nosotros, como aceptante de sí mismo, puede ser aún más cruel e inflexible que los demás si no hay un camino de desarrollo emocional y espiritual. Creemos inconscientemente que si nos exigimos perfección y la logramos no habrá quien pueda rechazarnos. La gran falacia humana, porque la plena aceptación ajena nada tiene que ver con nuestros logros, sino con la empatía y la compasión, el amor.

Así pues, cuando logramos darnos eso a nosotros: compasión y amor, entenderemos que no hay aceptante más importante en nuestras vidas que nosotros mismos. Disfrutaremos más el hacer que el lograr. Ahí está el éxito: hacer lo que queremos y alcanzar lo que nos proponemos siendo lo que sí somos. Eso es lo que los demás finalmente reconocerán.

Ahora bien, juzgado por uno mismo, el éxito al final desaparece como marca en el camino propio, porque siempre es un atributo adquirido para exhibirlo ante los demás. Nos dejará de importar, pues, y nos habremos liberado de un inmenso peso que había venido causando estrés, frustración, irritabilidad, soberbia, envidia, egoísmo, baja autoestima, etc.

Se abrirán todas las puertas, porque ya nadie más que nosotros las custodia. Todo y todos actuarán en nuestro favor. Nos ayudarán tanto quienes nos perjudican como quienes nos apoyan, porque buscaremos crecer y no complacer. Propiciaremos las oportunidades y veremos que las casualidades son causalidades. Seremos felices.
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