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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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04 Julio 2017 04:00:00
Se es héroe siendo inocentemente hombre
La calidad de superhéroe es exclusiva de los súper hombres y las súper mujeres de ficción que aparecen en los cómics, las películas, series y caricaturas, que pelean contra monstruos, mutantes y personajes malos y malditos, o que tienen la capacidad de enfrentar triunfantes situaciones de amenaza o peligro como nadie más podría hacerlo. Superman, Spiderman, la Mujer Maravilla, Capitán América y, obviamente, Batman, tienen más que ganado ese mote que los reconoce como extraordinarios y únicos.

Por otra parte, la calidad de héroe o heroína está reservada a algunas personas que, por su entrega, trabajo o por dedicar gratuitamente parte de su tiempo a algo o alguien que lo necesita, con frecuencia son consideradas como tales, ya sea porque ponen en riesgo su vida, porque fueron parte de un acontecimiento que cambió el rumbo de la historia o porque llevan a cabo funciones con un alto grado de complejidad, que la mayoría de los individuos no dominan. Se trata, entre otros, de bomberos, policías, médicos, paramédicos, agentes de protección civil y, por supuesto, de los héroes cívicos.

Así las cosas, el resto de las personas son simplemente espectadores y admiradores de los superhéroes y, a veces, de los héroes. Los ven, han constatado su fuerza, sus poderes, su inteligencia y sus destacados logros. En el caso de los superhéroes se les conoce por sus características sobrehumanas; tratándose de los héroes, los reales, los de carne y hueso, por su vocación, entrega, valentía, esfuerzos, conocimientos y/o habilidades.

Literalmente un “héroe” o “heroína” es una persona “ilustre y famosa por sus hazañas o virtudes”, “que lleva a cabo una acción heroica” o “a la que alguien convierte en objeto de su especial admiración” (RAE). Por lo que, ampliando un poco la visión y atendiendo a estas definiciones, también podrían ser considerados como héroes quienes, por las dificultades que enfrentan para realizar su trabajo o, en general, para salir adelante en la vida, producen admiración. En esta categoría, bien es válido incluir a activistas, profesores, periodistas y en general a todas aquellas personas, como los obreros y campesinos, que tienen que hacer verdaderas proezas para, ya no digamos brindar una vida digna a sus seres queridos, sino para darles de comer siquiera.

La idea del superhéroe o héroe tiene una relevancia muy importante para las sociedades. Esto es así porque son auténticos íconos positivos que inspiran, motivan y alientan la práctica de valores y conductas que son necesarias para su conservación y evolución. Pues, como bien lo afirma el profesor español José María Aguirre, “en el héroe se encarnan las virtudes a las que los hombres aspiramos en cada momento de la historia”.

La función de los héroes –la de los reales y ficticios– ha sido vital para la cohesión y convivencia de las personas; su legado ha tenido una gran utilidad para identificar y mantener los valores, así como para dar prueba de su trascendencia. “La vinculación entre los valores heroicos y los valores sociales es básica para comprender la transformación que se produce al llegar a la época contemporánea”, puntualiza Aguirre, al tiempo que lanza una acertada tesis difícil de refutar “el héroe es siempre una propuesta, una encarnación de ideales”.

Reflexionar acerca del rol de los héroes y reconocer su impacto en la vida de las personas y comunidades siempre es conveniente. Pero es más conveniente percatarse de que en la medida en que se cuente con un mayor número de ellos, de fuentes y referentes de valores, se estará contando con individuos que los practiquen y sociedades que los protejan. Imaginemos ahora la gran cantidad de cosas buenas que podrían lograrse si todas las personas, todas, en alguna medida, en la de sus posibilidades, aspiran y logran convertirse en héroes y heroínas. Habría valores, ideales y actos heroicos por todas partes.

Es posible ser héroe. Para ello no se requiere tener superpoderes ni arriesgar la vida constantemente. Basta con asumir realmente, con convicción y de corazón, con la mente y el espíritu, valores como el amor, la empatía, la generosidad, el altruismo y la solidaridad.
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