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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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23 Agosto 2014 04:10:01
Sedicentes maestros
Pirulina, muchacha recién casada, pizpireta, se quejaba: “Mi marido me da trato de perro”.

Alguien le preguntó, alarmado: “¿Te hace objeto de malos tratos?”.

“No -replicó Pirulina-.

Quiere que le sea fiel”... Don Ultimiano llegó con aspecto sombrío de su visita al médico.

Le informó a su esposa: “El doctor me dio estas píldoras.

Dice que tendré que tomarlas el resto de mi vida”.

“¿Y eso qué tiene de malo? -objetó la señora-.

Mucha gente toma píldoras toda su vida”.

“Sí -reconoce don Ultimiano, lúgubre-.

Pero nada más me dio siete”... En su tiempo libre los obreros de una fábrica juegan futbol, los directores juegan tenis y los dueños juegan golf.

Moraleja: mientras más grande es el cargo más chicas son las pelotas de quien lo desempeña... Un cierto intelectual cuidadoso de las formas participó en un debate.

Tras oír a quien lo antecedió dijo a la concurrencia: El señor tiene razón.

Pero no mucha.

Y la poca que tiene vale nada”. Contrariamente a eso Claudio X. González tiene toda la razón cuando señala que en Oaxaca se está jugando el futuro de esa entidad, y aun de México.

El gobernador del estado, débil hasta el punto de la absoluta sumisión, cede ante las sistemáticas embestidas de la CNTE, y promueve una legislación viciosa que hace de ese nefasto organismo el omnipotente dueño de la tarea educativa en Oaxaca, y exceptúa a sus mal llamados profesores de las normas con que se busca mejorar la calidad de la educación en el país.

Eso hace de los sedicentes maestros oaxaqueños entes privilegiados que por medio de continuos actos de presión obtienen prerrogativas y ventajas de que no gozan los educadores en los demás estados de la República.

Si el gobernador y el Congreso local terminan por obsequiar las pretensiones de esa mafia de inmorales líderes y de sus seguidores, la Federación deberá actuar en lo jurídico y lo administrativo para anular las disposiciones que contravengan la Constitución y las leyes que de ella emanan. Eso no es atentar contra la soberanía del Estado: Es evitar que un grupo violento atente contra la soberanía de la Nación.

Y ya no digo más porque estoy muy encaboronado.

Don Cornulio le contó a un amigo: “Últimamente mi mujer está incurriendo en prácticas sexuales raras.

Ahora le da por amarrarme a la cama”. “No deberías preocuparte -razonó el amigo-.

Hay quienes gustan de esos juegos eróticos”. “Sí -concedió el esposo-.

Pero después de amarrarme se viste provocativamente, se pinta como coche y se sale de la casa”... Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, presentaron una denuncia en la demarcación de policía.

Dos individuos, dijeron, las habían forzado, y con torpe lascivia macularon la integérrima gala de su impoluta doncellez. Actuó con rapidez la policía -lo que mis cuatro lectores están leyendo es solamente un cuento- y los autores de aquella badomía cayeron en manos de la ley.

El oficial de guardia les preguntó a las ofendidas: “¿Quieren ustedes ratificar la denuncia?”. “Sí -respondió la señorita Himenia-.

Pero primero nos gustaría que se hiciera una reconstrucción de los hechos”... El cliente entró en el local donde vendían comida rápida y pidió una hamburguesa y un hot dog.

La mesera le puso enfrente un plato con el pan de la hamburguesa y luego, de abajo de su axila, sacó la carne.

Explicó: “Me pongo aquí la carne de la hamburguesa para que no se enfríe”.

Al punto dijo el individuo: “Ya no me traiga el hot dog”... Viene ahora un cuento que causará escozor a las personas de moral estricta.

Quien no quiera sentir ese escozor debe abstenerse de la lectura de esta narración.

Pepito estaba haciendo una necesidad menor en el baño de su casa.

La tabla del correspondiente mueble vino abajo y le cayó en la partecita que estaba empleando para el fin que arriba se citó.

Lanzó el niño un ululato de dolor, y el grito hizo que su mamá acudiera corriendo a ver qué le había sucedido a su hijo.

Pepito le contó lo que le había pasado, y la señora, dulcemente, empezó a consolarlo diciéndole al tiempo que le frotaba con ternura la parte dolorida: “Sana, sana, colita de rana...”.

“¡Qué sana sana ni qué colita de rana! -protestó entre sus lágrimas Pepito-.

¡Besitos, como a mi papi!”.

(No le entendí). FIN.
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