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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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26 Febrero 2014 05:11:31
Semillero de delincuentes
Si como mero ejercicio fuésemos capaces de atender al mensaje, en lugar de agotarnos en despedazar al mensajero, lo que dice Diego Fernández de Cevallos merece un espacio de reflexión. Palabras más o menos, para el ex senador y ex candidato presidencial panista –tal vez el ejemplo más acabado de las ganancias que pueden generar la administración de privilegios e influencias– el problema más grave en México es que la sociedad está produciendo miles, cientos de miles de criminales contra los que no habrá leyes ni policías ni jueces ni cárceles.

Desde la óptica de un hombre que ya se siente más allá del bien o del mal, la corrupción y la impunidad son consecuencia de una mala formación cívica, política y moral de los ciudadanos; “hay una gran descomposición social”, dice, y remata con una frase que no tiene desperdicio: “Si a la mala formación cívica, política y moral de los ciudadanos se le agrega la pobreza y la falta de pasado, presente y futuro, lo que se está provocando es que la sociedad sea un semillero de delincuentes”. Simple y llanamente, tiene razón.

Sin embargo, plantea como una suerte de solución una gran cruzada educativa y cultural para restablecer una escala de valores, y que éstos normen los parámetros de convivencia y desarrollo social. Se agota, entonces, en las buenas intenciones.

El gran problema de México, efectivamente, es que las condiciones económicas, políticas, religiosas, culturales y sociales que prevalecen parecieran diseñadas con el único objetivo de parir delincuentes, que la máxima del mundo criminal de que “más vale vivir 5 años como rey y no 50 como buey”, marque el camino aspiracional de miles, cientos de miles de jóvenes, sino es que hasta niños en nuestro país.

Por desgracia podemos plantear como gran afirmación que la sociedad perdió ya todos los asideros de contención tradicionales, y las “nuevas generaciones” no encuentran otro camino para la autorrealización, para la elemental gratificación, que el dinero, y éste se obtiene en la inmensa mayoría de los casos, por vías ilegales.

Y habría que desgranar la mazorca. Hasta hace dos o tres lustros quedaba la esperanza de que con un cambio de signo partidista en las esferas gobernantes el país tomaría nuevos derroteros. Hoy ya sabemos que el PRI, el PAN y el PRD son la misma cosa, meros administradores de la problemática y que en el fondo (como diría el productor Epigmenio Ibarra) roban, pero no comparten el botín, y lo único que hacen es alimentar la sensación de que cualquiera puede robar, que el que no transa no avanza.

¿Y la familia? Bueno, pues en amplios, amplísimos sectores de nuestra población la familia se agota en la funcionalidad productiva, en los problemas cotidianos, en la indolencia, el cansancio y un largo etcétera en lo que, lo único que no hay, es tiempo y energía para inculcar y fortalecer “valores”. La escuela corre por el mismo derrotero, con maestros que son incapaces siquiera de asegurar un nivel aceptable en el proceso enseñanza-aprendizaje, y muchos menos están capacitados, o tienen la voluntad para entrarle a eso de formar a los nuevos ciudadanos.

Del clero, baste decir que la imagen del cura con solvencia moral y ética para conducir por senderos de rectitud y justicia a su feligresía resulta una quimera, y mucho menos abordemos el tema de los policías, jueces y toda la fauna que compone el andamiaje de procuración de justicia que carga con la caracterización, ganada a pulso, de corrupción e ineptitud.

Así, una sociedad sin asideros de contención, con familia, escuela, Iglesia, política y procuración de justicia en crisis sólo puede producir generaciones sin visión de futuro y con el camino libre para sumarse a la delincuencia, y ese es el gran problema de México.
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