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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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30 Julio 2018 04:00:00
Ser aficionado que disfruta o ser fanático que sufre
La conducta ante el triunfo o el fracaso de los equipos con los cuales alguien se identifica no es cuestión de nacionalidad ni de tipo de actividad deportiva, porque pasa en todo el mundo y con cualquier clase y estrato social.

Hay gente que con las victorias de los equipos a los cuales tiene simpatía las disfruta y con sus derrotas se siente satisfecho si dio buena batalla.

Y nada más, porque el ser aficionado no nubla la razón. Pero está la gente que se enardece con el apoyo a los equipos con los cuales se identifica, que siente el triunfo como propio y el fracaso como una burla, como una traición a su confianza y sufre la ruptura de sus expectativas de triunfo como si fueran fundamentales para su vida, llenándose de rabia contra el rival y de odio contra el equipo que lo decepcionó.

Es el fanático que en un momento dado puede descargar su frustración contra objetos o gentes que le parezcan simbolizar al enemigo o al equipo que lo decepcionó.

En la pasada Copa del Mundo, el equipo representativo de nuestro país hizo un buen papel, tan bien como siempre (o tan mal, dependiendo su opinión si es usted un fanático) y sus seguidores deben esperar a la siguiente Copa para tener el disfrute de ver que pase al quinto partido.

Pero si bien los comentarios de los aficionados pueden ser irónicos, los que hacen los fanáticos son extremos, tanto en su fase positiva, de esperanza, como en su fase de decepción, de mordacidad: destila el resentimiento que da la descarga irracional de tensiones. Es posible ver el nivel de cultura social reflejado entre la afición y el fanatismo de sus gentes.

Los aficionados comparten el interés común de ver la competencia con actitudes de respeto hacia el contrario; aunque no se organicen, mantienen un orden formal.

Si lo ven por televisión, se preparan con ánimo festivo. En los lugares públicos, acatan las normas y desarrollan rituales que los identifican. Disfrutan, pero al final se dispersan sin buscar ni ocasionar problemas, alegres porque su equipo compitió.

Si ganó, lo festejan y de cualquier modo se preparan para el siguiente encuentro. Pero los fanáticos miran con rivalidad al contrario.

No van disfrutar la competencia, sino a ver ganar a su equipo a toda costa. Si estos no ganan, se sienten ofendidos y tienden a desencadenar actitudes violentas o críticas amargas.

Son intolerantes con los que apoyan a los equipos rivales y no los ven como contrarios, sino como enemigos. Quisieran hacerles daño y llegan a exaltarse frenéticamente.

El fanático piensa, siente, ama y odia para el equipo. Todo lo que se salga de esta norma es insignificante y equivocado. El equipo se vuelve parte de su familia y de su personalidad, casi su
apellido.

Si pierde su equipo puede caer en una depresión evidente o bien toma una actitud de agresión que llega a dirigir hasta a su propia familia o a las personas que lo rodean y que no piensan como él.

Con la filiación a su equipo se siente valer más de lo que vale su persona, no se siente aislado ni solo, sintiendo que tiene una historia y una significación trascendente: es patriota porque apoya al equipo patrio.

El fanatismo es un ahorro de energía sicológica que propone al siquismo una solución rápida, contundente, eficaz, eliminando la incertidumbre y constituyéndose en una patología de la conducta humana.

El fanático, dice Víctor Frankl, tiene dos rasgos esenciales: la absorción de la individualidad en la imagen colectiva y el desprecio de la individualidad ajena. El fanatismo se sitúa al lado de la exageración.

El fanático siempre va más allá de lo debido, pues la dinámica del fanatismo tiene la estructura de la desproporción. Es el modo desproporcionado de entender y defender una causa que no existe.

El fanático obtiene un pretexto para sacar sus impulsos reprimidos, su narcisismo. El fanatismo resulta atractivo porque aparenta desinterés.

Busca compensar su sensación de fracaso personal a través del ideal de triunfo, de su necesidad absoluta de éxito, para valorarse y compensar la autoestima herida, lastimada por la realidad.

Y por eso quiere que gane el equipo patrio, concediéndole valor absoluto y supremo, por sobre todas las cosas. El fanatismo, presente en todas las culturas, es una de las grandes conductas erradas de la humanidad.

Es, como dice Erich Fromm en El Miedo a la Libertad, la manifestación de una crisis profunda que abarca los cimientos de nuestra civilización. ¡Qué diferente es ser aficionado a ser fanático! ¿No lo cree usted así?
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