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Dalia Reyes
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25 Agosto 2018 04:00:00
Sexo a color
Raúl Vale solía contar un chiste: “Cuando mi primer viaje a Italia, el homosexualismo era sumamente penado; en el segundo, nadie criticaba esta condición; en el tercero, incurrir en ello parecía gracioso; no pienso ir por cuarta vez, porque, seguramente, será obligatorio.”

Este hombre se llevó de calle a los filósofos más conocidos a lo largo de la historia, pues queda claro que, en cuestión de sexo, la moda es tan mandona y peligrosa como suegra de recién casados, ama de casa oaxaqueña o novia abandonada en fin de semana.

Cuando nuestros padres eran adolescentes, la sola palabra “homosexual” causaba alergia y escozor a quien la escuchaba. El término era exclusivo para médicos y sicólogos, porque la gente común prefería motes tan diversos como ofensivos.

En esa época, el mundo se encargó de dejar muy claro que había dos sexos diferentes entre los seres humanos y nadie debía de brincar la delgada frontera entre ambos. La exageración del machismo era requisito para todo varón y la ilimitada sumisión una condicionante para cualquier mujer con deseos matrimoniales. Los hombres eran fuertes, feos, formales y no lloraban; las mujeres eran frágiles dependientes y lloraban a mares por cualquier motivo, a imagen y semejanza de Silvia Derbez.

Cuando derrumbamos las barreras, los hombres empezaron a llorar y a las mujeres nos crecieron músculos. La diferenciación entre un sexo y otro ya no era tan palpable como antes; el sexo femenino y masculino se reconoció por otras características: El primero es el proveedor del hogar; la segunda quien lo mantiene en pie. Es decir, dejarle claro al mundo nuestro género ya no era tan apremiante.

Le siguió a esto la época libertaria, la del valor civil para reconocer preferencias no bien vistas entre las generaciones pasadas. “Salir del clóset”, cono dice la gente, se convirtió en una hazaña que convertía a su autor en una especie de héroe. Ante esto, hoy por hoy, si alguien desea colocarse en la punta del grito de los famosos, deberá argumentar preferencias sexuales “dudosas” o muy bien identificadas pero más allá de lo ordinario. Los heterosexuales somos aburridos.

¿Ser homosexual es obligatorio? En Italia todavía no, como lo profetizó Raúl Vale; aquí tampoco. En realidad creo que en la etapa siguiente a nadie le importarán las inclinaciones románticas entre hombres, mujeres y sus combinaciones posibles; el mundo pasará a quedarse sin sexo alguno, como los ángeles.
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