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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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28 Abril 2017 02:51:00
Si me sueñan, existo
Antes de nacer, mis padres me soñaron, quisieron tener un cuarto hijo. Vivían en Tequila y su familia la conformaban sus hijos Leonel, Enrique y Ana Cecilia. Ellos soñaban con tener otra niña, soñaban con una familia grande, con tener más de cuatro hijos. Eran jóvenes veinteañeros, con una vida por delante y un pueblo que era toda su esperanza.

Tequila, por aquel tiempo era un pueblo rascuache con menos de 10 mil habitantes y media docena de fábricas de tequila. Negocios familiares que estaban muy lejos de ser los grandes emporios de ahora: Sauza, Cuervo, Orendain, San Matías, Viuda de Romero, El Tequileño. Fue hasta la década de los noventa que la bebida nacional tuvo su boom y dejó de ser sólo un trago de cantina y ocupó un lugar en las mesas de mantel largo.

La Cámara Nacional de la Industria Tequilera consiguió la denominación de origen y consintió, por mero estatus, cambiar el tradicional caballito por la copa de brandy. Beber tequila ya era costumbre de ricos. Se triplicaron las exportaciones y aumentó el número de marcas hasta rozar el millar.

Mis padres fueron parte de ese sueño que miles de hombres y mujeres tequilenses construyeron. Su casa estaba frente a la iglesia y a un costado del portal neoclásico que vio sucumbir la furia del general Manuel Lozada, mejor conocido como El Tigre de Alica, frente a las fuerzas federales. Una torrencial noche de julio, después de conmemorarse los 90 años de la muerte de Lozada, mis padres se amaron con el deseo de perpetuarse.

Los hijos antes de concebirse, se sueñan, se buscan en la oscuridad de la noche, en la soledad de dos cuerpos, en la penumbra del silencio. Mi destino estaba trazado, sólo era cuestión de que me animara a vivirlo. Crecí en ese pueblo con olor a mieles y agave, escuché cuántas vidas de otros. Crecí imaginando lo que mi madre me leía, historias de amor, biografías, la ruina y el abolengo. No soñaba con ser escritor. No fui ese niño que descubre la vocación y se forja con empeño. Sin embargo, narraba pequeños cuentos.

Así como los personajes se van escribiendo con tinta y sangre de uno, con los anhelos propios y las grandes frustraciones. Así como uno

hereda a los hijos los bienes y las enfermedades, las creencias y los defectos. Asimismo, mis personajes son tan yo que a veces me confundo con ellos, trasciendo a través de ellos, los riño o felicito cuando debo hacerlo. El pasado 22 de abril cumplí 50 años y el domingo 30 celebraré en Bellas Artes. Invitado por el INBA, estarán, Ely Guerra y Ángel Luna conmigo, leeremos mis poemas y fragmentos de mis novelas. Pero sobre todo estarán mis personajes.

Mis padres también me acompañarán, como estuvieron en Tequila al pie de mi cama. Todos de alguna manera somos un sueño, la esperanza de alguien más. El amor es reconstruir y continuar ese fruto que nos legaron para compartir, para seguir siendo el complemento que sólo funciona por instantes o sólo una vez en la vida. A lo largo de estos años, he sido la fortaleza de otros en mi más intima debilidad: la escritura, por lo que seguiré existiendo cada vez que alguien me lee y luego sueña.

@RNaro
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