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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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03 Febrero 2018 04:00:00
¡Silencio!
No existe la nada. Es un término que le hemos dado a la imperceptibilidad. Ahí donde creíamos que estaría en última instancia, la física cuántica descubrió la materia oscura –llena hasta ahora más de misterios que de partículas– y la mística siempre vio a la mente universal o inteligencia divina, ese “fuera del espacio y el tiempo” que es en realidad el “aquí y el ahora”.

En este sentido, la nada es nuestro ser esencial. Ciertamente, no somos nada. Vayamos para entenderlo al aspecto más común de la “nada” para todos los seres humanos: el silencio, que en realidad es la ausencia de sonidos que esperamos oír. Aun cuando dejemos de percibir auditivamente por completo, el ruido está. Nuestro perro lo sabe.

Está claro, entonces, que hay existir más allá de lo que podemos ver, oír, tocar, oler y degustar; por tanto, de lo que podemos pensar, razonar, creer, opinar y esperar. Lo que no está claro, es que nuestra verdadera y real existencia también está “más allá”, porque dicha claridad debe provenir de la conciencia, ese estado superior de la mente que ve y sabe en lugar de pensar y creer que sabe, y del cual la inteligencia es solo un eco débil y mundano.

La conciencia es una dimensión de conocimiento neutral y metafísico; un “sitio” interno al cual va el alma o nuestro yo incorpóreo, sin ego, para comprender y aprender, y dentro del cual podemos incluso desaparecer existiendo plenamente, vivir, pues, la experiencia de unidad con todo cuanto existe.

Se puede acceder a ella, ¡mire usted!, durante cualquier actividad o postura en la que nuestro cuerpo tenga suficiente dominio como para no poner atención mental en lo que está haciendo, sino en contemplar concentradamente algo que nos absorba, sólo durante unos segundos: una mosca, una mancha, un mosaico, una nube, un animal, un árbol, cualquier cosa.

Nada más lejano a esta experiencia, por supuesto, que la televisión, los videojuegos, internet y las redes sociales. Lo de hoy en el mundo.

Una contemplación, en consecuencia, silente, concentrada, relajada, completamente despreocupada y desocupada. De pronto, sin oír y sin pensar, despertaremos en ese otro “sitio”, donde en lugar de la nada aterradora estará nuestro Ser esencial, conectado a todo, arraigado al verdadero amor, que es silencioso pero omnipresente.

La ausencia de sonido es solo la fachada del silencio, por dentro de lo que se trata es de acallar el pensamiento. La concentración sin estrés es un camino incomparable, aquella que no active las funciones memorista, asociativa, analítica o de alerta del cerebro. De eso se trata, en esencia, la meditación. No es cosa de ir, sino de dejarse llevar.

Así es la conciencia. Una experiencia de este mundo, no como posibilidad, sino como paso obligado. Todo es cuestión de administrar el silencio, y para ello primero hay que comprenderlo.

Se ha comprobado científicamente que el silencio, como ausencia de sonido, es indispensable para regenerar el cerebro. Así, el silencio como ausencia de pensamiento, una vivencia de apenas segundos, es imprescindible para regenerar el alma y, con ello, revelarnos nuestra verdadera naturaleza.

El silencio interior no es otra cosa que una introspección para sentirnos, sin pensarnos. Podemos primero observarnos neutralmente, sin juzgarnos, o simplemente dejarnos fluir en sentimiento.

Cualquiera de las dos vías de acceso al “más allá” es buena, pero imposible si no vencemos la terrible resistencia que tenemos al silencio externo e interno, que no es otra cosa que pánico a los sonidos que sí vamos a encontrar, invariablemente: la queja del malestar interior, el grito de viejos y abandonados dolores, la severidad de un juez que nos declara culpables y nos condena a ser menos, entre otras muchas, muchísimas voces perturbadoras.

A esas es a las que hay que afrontar y desactivar, para que podamos estar en condiciones de ir “al más allá” desde acá.
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