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Redacción
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21 Julio 2015 04:00:39
Sin alas
No cabe duda que el futuro nos alcanzó más rápido de lo que anticipamos. Al son de las añoranzas, mis recuerdos de adolescencia me remiten a dos lecturas fascinantes por la prolífica imaginación de sus autores y el derroche de creatividad: “Un mundo feliz”, del británico Aldous Huxley y “De la tierra a la luna”, del francés Julio Verne.

A Huxley y Verne debemos empezar a considerarlos como discípulos involuntarios de Michel de Nôtre-Dame por su capacidad para plasmar en las letras lo que a mí de niña me parecía inalcanzable: La manipulación genética de la raza humana y la conquista del espacio a la escala que estamos atestiguándola.

Los avances en la ingeniería genética y la biotecnología dan cuenta de la todopoderosa ostentación de la ciencia que bien utilizada al servicio de la prosperidad y de las causa biempensantes augura bienestar para la humanidad.

El problema es que no siempre es así, la ciencia también tiene su lado oscuro y temible, lo vemos con la energía nuclear: aunque fueron descubiertos en el siglo XIX el electrón (Thompson) y el uranio más la radioactividad (Becquerel) fue hasta el siglo XX cuando se identificó al neutrón (Chadwick) y los alemanes de Hitler hurgaron en la fisión nuclear en medio de una devastadora guerra mundial.

Sin embargo, fue el Proyecto Manhattan, con Albert Einstein, los que lograron la bomba atómica. Desde entonces, toda posibilidad de una guerra nuclear, permanece de forma latente dentro de la aldea global y su delgada línea roja de la paz.

Ética y ciencia son dos binomios que deberían estar siempre coaligados, indisolubles, pero como todo daría lugar a un debate sin conclusiones certeras lo que inició como el estudio del ADN se ha convertido en la raíz de la clonación y la manipulación genética para concebir hijos de probeta. Si Huxley viviera en este siglo, ese precoz visionario.

¿Clonación sí o no? Unos argumentarían la prevalecencia de aspectos positivos para prevenir y curar enfermedades, para obtener “las refacciones” que nos vayan fallando en nuestro tránsito vital. Lo curioso es que sigamos siendo tan endebles a virus, bacterias y gérmenes.

Qué dirían Aristóteles, Sócrates o Platón si fueran testigos del avance de la ciencia más allá de la ética. Los investigadores anteponen el interés médico, pero creo que usted y yo, amigo lector, estaremos de acuerdo que los hallazgos cientificos unos resultados se ponen al servicio de las masas y otros de forma selectiva al mejor postor.

El ser humano es además una cobaya en constante uso de prueba y error. ¿Cuántas nuevas enfermedades actuales no derivarán precisamente de esto? Me refiero a la mala utilización industrial de agentes químicos, aditivos y conservadores que nos llevamos todos los días a la boca con los alimentos.

A COLACIÓN
Huxley escribió una novela basada en una población de autómatas, un rebaño sin voluntad alguna, perfectamente seleccionado de forma
antinatural.

Una sociedad donde cada uno tenía perfectamente delineado sus capacidades productivas y creativas; de divisiones de clase y roles. Los inteligentes y los tontos; los que mandan y otros que obedecen pero en el que todos están tan felices y conformes que no hay atisbo alguno de rebelión.

El escritor británico no tenía dotes de chamán pero sí estaba rodeado de un conocimiento que le abría ventanas hacia la imaginación; sus padres fueron notables dentro del mundo de la medicina.

Además su abuelo fue el célebre biólogo británico Thomas Henry Huxley y su padre, Leonard Huxley, biólogo también, dirigió la revista Cornhill Magazine. Su madre, Julia Arnold, fue una de las primeras mujeres en estudiar en Oxford.

No es difícil preguntarse qué pasaría si la selección natural, ese proceso, al que Darwin dedicó sendos estudios dejara de ser innato y fuera artificialmente manipulable. Si eso evitaría rebeliones o insurreciones civiles, guerras por la injusticia social o por la miseria de unos muchos y la riqueza de otros pocos.

En el año de 1932 Huxley escribió -en cuatro meses- la obra que le haría más famoso su “Brave new world” el sistema de castas preconcebido y manipulado en laboratorio.

Y lo del espacio, cómo no maravillarnos, Julio Verne se daría de bruces si viera que la New Horizons ha llegado a Plutón y que en su penúltima radiografía recaba información de la superficie helada del que alguna vez fue considerado un planeta.

Desde 2006 salió de dicha categoría para ser calificado de “planeta enano” y entonces el Sistema Solar pasó a estar formado por únicamente ocho planetas.

Los viajes de fantasía descritos por Verne con su peculiar sabiduría y vehemencia han trazado un plan de ruta para un ser humano al que ha emulado hasta las alas de Ícaro.

Me parece que viene bien de vez en cuando atender a la mitología para encontrar el justo medio en el que las alas de la ciencia ni se mojen, ni se
derritan.

@claudialunapale
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