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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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24 Octubre 2016 03:00:00
Sin etiquetas. Nadie es más importante
No existen personas más importantes que otras. Esto es así porque, independientemente de nuestra condición y situación de vida, todos tenemos la misma dignidad, o sea, las mismas cualidades esenciales que derivan de que poseemos idéntico origen y los mismos componentes y funciones.

La primera letra de todos los títulos y cargos inician con minúscula; contrario a lo que algunas personas creen, la forma correcta de escribir presidente, director, gobernador, gerente, doctor o arquitecto, es así, con minúscula, igual que las palabras asistente, auxiliar, supervisor, cajero, bolero o carpintero.

Sí, “presidente”, aunque sea el de Estados Unidos, se escribe con minúscula. Esta evolución impulsada por las academias de la Lengua ilustra muy bien la inexistencia de diferencias sustanciales entre los seres humanos.

Lo importante es “lo que importa” y “lo que tiene importancia”; importar es “valer o costar cierta cantidad” (RAE, 2016). Las personas no costamos “cierta cantidad”. Por eso es un error y un agravio calificar a algunas como “importantes” en función de su dinero, cargo, apariencia, condición o posición social.

Es un hecho que muchas personas realizan acciones positivas que son relevantes y que sus legados logran trascender. Se trata de seres ejemplares, admirables, a quienes la humanidad les guardamos reconocimiento y gratitud. Ahí tenemos a Mahatma Gandhi, Winston Churchill, Albert Einstein, Teresa de Calcuta, Nelson Mandela y hasta Bill Gates. Pero, aun ellos, son igual de importantes que cualquier otra persona conocida o desconocida. Si Sócrates viviera, por más sabio que fuera y a pesar de sus impactantes lecciones acerca de la verdad y la moral, amén de ello, no tendría justificación para ser tratado con privilegios, como “alguien importante”.
Distinguir entre personas importantes y no importantes, señalarlas como muy o poco importantes, es discriminar, y la discriminación está prohibida, por la ética y el derecho, el nacional y el internacional. Tener claridad con respecto a esta situación es básico porque en la medida en que nos reconocemos como iguales somos más conscientes de las circunstancias de los demás, las respetamos -por cierto, ya hemos precisado que el respeto no “se gana”, sino que se debe a todas las personas por el simple hecho de serlo, nos caigan bien o no-, empatamos con ellas y nos fraternizamos para alcanzar el reconocimiento pleno de su dignidad.

Vale la pena recordar que, en una sociedad democrática, no cabe distinguir entre personas importantes y no importantes. Hoy está claro que para que una sociedad sea democrática no basta con que tome sus decisiones con base en la regla de la mayoría, sino que debe proteger y garantizar los derechos humanos de todos sus miembros, los cuales indudablemente se ven afectados cuando diferenciamos de ese modo. No por nada en su lucha por la justicia racial (la no segregación), en 1963, Martin Luther King argumentaba que era momento de hacer realidad la promesa de democracia, cuando su país se asumía como democrático desde hacía cerca de 200 años.

Por si esto no fuera suficiente, si no alcanza esta breve explicación con base en ideas axiológicas y jurídicas, he aquí otra razón para no sentirse más importante que los demás ni tratar a alguien como si lo fuera, una razón muy pragmática, pero que también apoya: a nadie le interesa el dinero, el poder, la fama, el prestigio, los premios, la inteligencia ni el talento de alguien más, a menos de que le signifique un beneficio directo.

Aunque, por supuesto, esta postura es egoísta y aparentemente propia de personas interesadas, en alguna medida puede ser útil para hacerles ver a quienes se sienten o definen como importantes que, por otra parte, poco interesan a otras personas sus ventajas materiales o privilegios sociales, sino los comparten.

Dejar atrás costumbres retrógradas como esta, dejar de etiquetar, es vital para evolucionar como seres humanos, como sociedad y humanidad. Para ello la clave puede encontrarse, entre más, en el entendimiento y la práctica de un valor al que debemos aspirar: la humildad, “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, (RAE, 2016).

Ser humildes permite a las personas tener un conocimiento más objetivo de la realidad propia, la ajena y no menospreciar a nadie. La humildad es la mejor arma contra la arrogancia y la indiferencia. Nos hace no perder de vista que nada humano nos es ajeno y que quienes nos rodean, todos, son un reflejo de nosotros mismos. Practiquémosla y no construyendo barreras ni diferencias en donde la naturaleza no lo ha hecho.
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