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Dalia Reyes
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19 Mayo 2017 04:00:00
Sin planes
¿Recuerda usted el tiempo cuando hacíamos planes? En esa época, trazar una ruta de vida no era algo descabellado; prometer y cumplir consistía en calcular las probabilidades con cierto esmero.

Cumplía apenas los 13 años cuando afirmé que quería ser corresponsal de guerra. Dos o tres desvíos temporales retrasaron mi intención pero, a fin de cuentas, acabé por seguir una ruta prevista de muchas maneras. Las niñas de mi generación querían ser maestras y los niños buscaban ser ingenieros; la mayoría se mantuvo en la raya hasta lograr el propósito.

Nuestros padres tenían cierta cajita misteriosa a donde iban a parar los ahorros alcanzados por trabajo extra o por abstinencia voluntaria; luego parecía viable abrir una cuenta bancaria con “réditos”, decían, y comprar luego aquello para lo cual se preparaban durante años.

Hacer planes es un deporte en vías de extinción, porque todo dura muy poco: La insistencia, la voluntad, el plan mismo y las condiciones sobre las cuales se construyeron los castillos no en el aire, más bien, ahora se medio apila en el humo.

La realidad en esta mañana puede ser muy otra al anochecer, y una cajita de metal con billetes acaba por ser una esperanza irrisoria para alcanzar el futuro soñado. No se sueña hoy en día, se vive al margen y se sobrevive al cambio.

No es extraño escuchar los planes de un niño para su futuro profesional: Ser narcotraficante es una opción, porque la idea de uno, la imagen y la volátil prosperidad es una imagen que hoy por hoy forma parte del ideario cultural en América Latina. En esos momentos, tratamos de evadir la palmaria realidad pensando que, al fin y al cabo, la mayoría de los chicos en el kínder quisieron ser bomberos hace dos generaciones y menos del uno por ciento lo hizo. Con mucha fe, pudiera suceder lo mismo en el futuro próximo.


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