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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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19 Marzo 2016 04:06:06
Sobreexposición presidencial
Como indigestados. Así andamos los mexicanos. No sólo porque los problemas siguen estando ahí, pendientes de ser resueltos, sino porque quienes son los encargados de hacerlo parece que viven en otra realidad. Hace una semana escribí aquí sobre la necesidad de un “cuarto de guerra” en Los Pinos, el terreno ideal para que el círculo más cercano al Presidente, de la mano de expertos en la materia, debata para construir mejores estrategias de trabajo y comunicación. Han apostado por un modelo de comunicación que no responde ni a los nuevos tiempos ni a las nuevas plataformas, ni a las exigencias propias de las varias crisis que no han hecho sino extenderse porque no han sido atendidas ni siquiera mediáticamente.

Y lo digo porque hay números que hablan sobre la percepción y el grado de aceptación que hay para el gobierno de Enrique Peña Nieto. Según la reciente encuesta México: Política, Sociedad y Cambio, realizada por GEA-ISA, la gestión del Presidente es desaprobada por 53%, contra una aprobación de 44 por ciento. Quienes respondieron a la encuesta tienen muy identificados cuáles son los problemas en los que el Gobierno debería estar trabajando. Reconocen los aciertos, como las reformas estructurales o el trabajo que se hace en materia de educación, pero les es difícil ubicar un logro que esté marcando estos primeros tres años de gobierno. Y no es porque no exista nada que se pueda presumir. Seamos sensatos, el país tiene aciertos, varios, pero a diferencia de lo que sucede con personajes como Ricardo Anaya o Andrés Manuel López Obrador, quienes tienen perfectamente claro cuál es el mensaje que deben dar y a quiénes deben dirigirse, en Los Pinos parecen tener la brújula extraviada.

¿De qué le ha servido al Presidente tanta presencia en los medios? No hay día que no haga actos públicos en los que tome la palabra y que sean transmitidos en vivo en varios canales de televisión, sin percatarse de que tal decisión no sólo no le beneficia, sino que le resulta contraproducente por el efecto negativo que su sobreexposición genera entre los ciudadanos. ¿Qué frases de las dichas ahí se han convertido en símbolos de su gestión? La percepción que ha logrado no es la del mandatario ocupado en la resolución de conflictos, sino uno más bien preocupado por las cámaras, las fotos y las primeras planas. Al Presidente lo han estado exponiendo como si fuera un producto de mercado y lo han despojado del carácter político que debe tener. Lanza tantos y tan distintos mensajes todo el día todos los días, que terminan todos ellos por perderse. No es una opinión a bote pronto, los números de las encuestas lo dicen así. Me llamó, por ejemplo, muchísimo la atención que en ese mismo estudio los precandidatos que salen mejor calificados son, por las razones arriba mencionadas, López Obrador y Ricardo Anaya (quien, según este estudio, ya habrían alcanzado e incluso superado –así sea por poco– a Margarita Zavala). Ambos, Anaya y “El Peje”, con fuerte presencia mediática, pero ninguno de ellos pluritemático, sino con mensajes estratégicamente diseñados para acotar (y, por lo tanto, exponenciar) su reconocimiento y penetración. Estratégicamente, es la palabra clave.

Si Peña Nieto quiere darle la vuelta o por lo menos estabilizar sus índices de aprobación debe empezar por rediseñar toda su estrategia de comunicación. La retórica, la oratoria y los discursos no le dicen nada a una generación que sólo pone atención a videos Vine que duran sólo seis segundos. A personas que se informan (y debaten) a través de Twitter. A gente a la que una imagen en Instagram le dice más que mil palabras. A una generación que está votando en función de lo que le llega a través de Facebook. No es sobreexponiendo a la figura presidencial como van a lograr ni que Peña Nieto recupere índices de aprobación ni que, quien quiera que sea su candidato en 2018, llegue bien posicionado para la elección... En esas elecciones votará la primera generación que tal vez nunca ha abierto un periódico en toda su vida. Vale la pena tenerlo en cuenta.
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