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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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02 Febrero 2018 04:00:00
Sobrevive el amor
Por amor hacemos lo que sea y más a los 17 años. Andrea y yo, el pasado diciembre salíamos de una posada a las 3 de la madrugada y antes de abordar el taxi, gritos y forcejeos me hicieron detener mis pasos y ver lo que pasaba del otro lado de la calle. Con calificativos de machín de barrio, una docena de policías tenían rodeado un BMW y a su conductor con las piernas abiertas y los brazos puestos contra la lámina del auto. Era un jovencito enamorado que también temblaba de frío.

Andrea me dijo que estaban a punto de golpearlo. “Mira está llorando”, me señaló. Me acerqué a ver lo que pasaba y me fijé que el chico vestía un pantalón de pijama y una camisa echada encima al azar. Calzaba unas medias de hacer deporte, negras ya de tanto pisarlas. Efectivamente era un muchacho de 17 años que había salido de su casa a buscar a su novio quien amenazaba con suicidarse.

La policía lo detuvo porque, sin saber conducir, se había pasado una luz roja y al tratar de esquivarlos, había doblado en contra sentido en una calle donde otra patrulla le cerró el paso. Les dije a los policías que era mi primo, que yo me hacía cargo. “Déjeme platicar con él”, le ofrecí al comandante. En cuanto Bernardo y yo entramos en el coche me dijo que su papá lo iba a matar si se lo llevaban preso o, si no llegaba pronto a su destino, su novio se mataría.

Los ruidos de la noche se habían convertido en un silencio de siglos. Afuera los policías esperaban como lobos al pie de un árbol. “No pasa nada, nadie va a morir en las próximas 24 horas”, le aseguré. Salí del auto y le expliqué al comandante un caso de extrema urgencia que, por supuesto no me creyó y me dijo que mejor nos arregláramos. Mientras buscaba un billete grande le escuché un sermón sobre faltas a la moral y consejos para la buena crianza. Al final me soltó: “dígale a su tío que al muchacho ya le hace falta una mujer o acabará en malos pasos”.

Bernardo me pidió llevarlo a casa de su amante. El tiempo del amor no sabe de segundos. Andrea despachó al taxista que se había quedado a ver la trifulca y los tres nos subimos al BMW. En pocos minutos el chico nos contó su vida y sus enamoramientos. Nos dijo que todo lo había hecho por amor. Dejó las almohadas debajo de las cobijas, abrió el portón eléctrico de su casa de manera manual, sacó el auto de su padre poco a poco y lo encendió a media calle. “Hiciste bien, el don de amar es privilegio de unos cuántos”, le dije. “No tuve tiempo de vestirme, mi novio se moría y yo no podía perder un minuto más”, me contestó ya sin llanto, moviendo las manos como si fueran alas de libertad.

Cuando lo dejamos en casa de su amante, Bernardo nos dijo que el próximo 14 de febrero cumplirían un año de novios, que su amor había sobrevivido a peores momentos, casi todos familiares, pruebas que ni él mismo sabía cómo las había superado.
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