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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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15 Abril 2018 04:07:00
Sócrates y el celular
Dos mil años atrás, Sócrates, el más grande de los filósofos griegos, sin proponérselo vaticinó el daño que causaría al ser humano el uso del celular. (Los choques y atropellamientos provocados por quienes lo utilizan cuando van conduciendo un auto no lo predijo, porque en sus tiempos no había automóviles). Sin embargo, profetizó con claridad meridiana otros peligros que esconde el teléfono móvil.

En el diálogo Fedro, que a ciencia cierta no se sabe si realmente lo escribió Platón, Sócrates habla de un dios egipcio llamado Teut, quien inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos de ajedrez y los dados, y también la escritura. Un buen día, Teut se presentó ante el faraón Tamus, y le hizo una demostración de todo lo que él había inventado, y la forma de usarlos.

Tamus, agrega Sócrates, según transcripción de Platón, le preguntó cuáles eran los beneficios de sus inventos, pero las explicaciones del dios sabio no acababan de convencer al faraón. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut: “¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener”.

Con una sonrisa, seguramente de escepticismo, el faraón Tamus respondió al inventor: “Ingenioso Teus, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño, abandonarán a caracteres materiales (las letras) el cuidado de conservar los recuerdos”.

Hagan de cuenta que Sócrates está hablando de mí. No por culpa de las letras, sino por el teléfono dizque inteligente he olvidado especialmente los números telefónicos. Cuando vivía en la Ciudad de México –¡Uy, muchos años atrás–, recordaba 10 o 15 números, en aquel entonces de hasta ocho dígitos! Hoy, me da pena reconocerlo, no recuerdo ni el número del teléfono de mi casa.

Lo que es más terrible, a la hora de ir a depositar mi ayuda mensual para el señor Carlos Slim en alguna oficina de su compañía telefónica, ¡debo consultar la pantallita para darle al cajero el número de mi celular! Estamos ante una dependencia diabólica, que un mal día nos obligará, como a los habitantes de Macondo, a poner letreritos a las cosas para acordarnos cómo se llaman: taza, pluma, computadora, lápiz, borrador, etc.

¿Qué caso tiene retener en la memoria tanto número si basta un clic para conectar con cualquier teléfono registrado en el nuestro? sea sincero: ¿Recuerda usted los cumpleaños de sus amigos o espera que Facebook le avise cada mañana la obligación de felicitar a fulano o a zutana? para colmo, aunque nunca le contesto, de las entrañas de mi celular sale a veces una comedida vocecita instándome a que le haga preguntas sobre todo lo habido y por haber, mientras Google ofrece la respuesta para prácticamente todas las dudas.

El faraón Tamus tenía sobrada razón cuando para concluir dijo al dios inventor: “Con las letras (léase celular y Google) das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes y falsos sabios insoportables.”
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