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Dalia Reyes
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17 Julio 2018 04:00:00
Sola y soledad
Una mujer sola, vista desde la polisémica modernidad, se convierte en un fracaso o en una oportunidad. Como no me encuentro hábil para explicar la primera, me abocaré al segundo caso con el fin de aportar las técnicas infalibles para que una dama, recién estrenada en la soledad, no sucumba ante la terrible tentación de volver al matrimonio por el inexcusable hecho de que alguien debe de cambiar el botellón del agua.

Antes, observaré que el título de este artículo bien sugiere los nombres de dos féminas protagonistas en un filme francés; además, reconozco la aportación filosófica de Sid, el perezoso en “La era del hielo”, quien dijo: No hay peor soledad que no estar acompañado. No es una broma pueril, hay una diferencia importante entre una mujer que está sola y otra quien dejó de estar acompañada.

Para quien dejó de estar acompañada, el primer paso, antes del duelo, consiste en hacer un recorrido minucioso por la realidad emergente a fin de responder a estas preguntas profundísimas, cuyas respuestas pueden contener la felicidad o el terrible despertar a un enigma. ¿Puedo cambiar el tanque del gas? ¿Soy capaz de podar el césped? ¿Bañar al perro es demasiado para mí?
Si ella cuenta con gas entubado, un jardinero y estética canina a la mano, las preguntas anteriores deberán adaptarse a las necesidades particulares. Cuando encuentre un cuestionamiento cuya respuesta sea negativa, no entrará en pánico, mejor organizará un tour catártico por Home Depot, Auto Zone y la plomería de su confianza.

En los comercios antes citados encontrará especialistas capaces de identificar su punto preciso para el desahogo, acabar con la desesperanza, de construir la incertidumbre y, lo mejor, explicar a las mujeres cómo hacer conexiones varias, cambiar piezas, enlazar lazos y desamarrar nudos; las llevan de la mano al pasillo correcto para encontrar las refacciones necesarias, señalar los procedimientos, aportar sugerencias y tratarlas con la caridad de un hombre que siente cómo se acerca al cielo por ayudar a una mujer solitaria haciendo cosas de señores.

Si lo anterior fue insuficiente, debo decir que los servicios anteriores tienen un costo, pero siempre es en efectivo, porque no van acompañados con críticas mordaces, frases dobles, advertencias de fracaso ni una cédula vitalicia de zozobra.

En conclusión, sola y soledad ya pueden cantar albricias y obtener una tarjeta de cliente distinguido.

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