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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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04 Mayo 2017 04:00:00
‘Sólo borracho’
Se afirma, mis valedores,  que los dioses enloquecen a quien quieren perder, pero, a mi juicio, es otra la realidad. Faltos de temple y carácter cuanto sobrados de soberbia, ambición y afán protagónico, algunos son incapaces de soportar el retiro del escenario teatral y se desbarrancan en la sombría región de la locura. De la ficción y a memoria recuerdo, junto a los locos notables de Gogol y Maupassant, al trágico rey Lear, cuyas locuras de cuando cuerdo lo llevaron a la cordura y a las estrujantes escenas del viejo al que en pleno delirio abate la tempestad. El anciano insensato me parece el más humano de todos los trágicos entes de Shakespeare, el más trágico de sus humanísimos personajes. Lear.

En los predios anchurosos de la mitología: durante el sitio de Troya fue muerto Aquiles, y porque lo consideró de justicia, Ayax reclamaba para sí las armas del inmortal (ni tanto). Cuando Agamenón cedió esas armas a Odiseo-Ulises fue tanta la cólera de Ayax, que increpó a los dioses, culpa la más penada del Olimpo: la hybris, desmesura y soberbia. Fue castigado con la locura y la obnubilación que llevó al infeliz a tomar por hordas enemigas a un hato de ovejas, a las que alanceó. Pero con la aviesa intención de que se avergonzara de su hazaña ridícula, los dioses devolvieron la razón al héroe, sadismo fatal. ¿Cómo, ya cuerdo, procedió el héroe? Caminó hasta la playa, en la arena clavó hacia lo alto su espada y se recostó en ella. Del lado del corazón.

Siglos más tarde Cervantes a don Quijote, que ya cuerdo y derrumbado en su cama, desencantado y agónico, renegó de pasadas locuras. A Sancho, que lo excitaba a levantarse y echarse a andar detrás de endriagos y dulcineas, respondió el cuerdo, y aquí lo patético de la razón recobrada, que ya no se deja llevar por el fulgurante idealismo:

“No, Sancho amigo: en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.

Triste, sí, mas no importa; se perdió un idealista y un soñador, pero esa bella locura es contagiosa: el Sancho Panza que fue zafio y vulgar es ahora el iluminado que anhela volver a los caminos del ideal (a abrirlos) y por amor a dulcineas enfrentar a gigantes y endriagos, y entre los astros volar a lomos de Clavileño. La locura del ideal no muere con el claudicante, que otro tenderá el ala rumbo a “esa excelsitud inasible”. Los carniceros, por contras, esos torvos individuos que sobreviven chapoteando en charcos y lloraderos de sangre.

Yo, un día como hoy, pero del 2012, me preguntaba: “¿A partir de diciembre qué fin tendrá ese al que angustia y desesperación llevan a acometer la empresa imposible de excusar lo inexcusable? ¿Cómo justificar que en cinco años apenas, a penas y empobrecimiento condenó a 12 millones de desdichados? ¿Intentar, al modo  de lady Macbeth, la empresa imposible de lavar de sangre sus manos? ¿El delirante montón de asesinados no le habrá asesinado el sueño, como al propio Macbeth? ¿Cómo atarantar la conciencia? ¿Prozac? ¿Cantidades industriales de licor? Si los dioses enloquecen al que quieren perder, ¿no habrán planeado enloquecer a ese matancero a partir de diciembre?”.

Lo enloquecieron. Contra el ejemplo de expresidentes tan sobrios y recatados como Lázaro Cárdenas y algunos más, ese de vocación carnicera no tiene el pudor, la necesaria vergüenza para entender que su tiempo ha pasado y que para su Margarita nunca lo habrá. Sólo ebrio, supongo, pudo volver al desbozalado protagonismo. (Ridículo.)
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