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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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17 Febrero 2018 04:00:00
Sólo hay de dos sopas 2/2
Sentirse bien o mal es entera responsabilidad de cada quien. Depositar la felicidad, tranquilidad, seguridad y autoestima en la opinión y conducta de otros es inmadurez, debida a un proceso trunco de autodescubrimiento, que a su vez deriva de una distorsión educativa.

Somos un planeta de inmaduros, porque cada uno de nosotros cree que es lo que los otros creen que es. Así es como irreflexivamente nos educamos unos a otros, generación tras generación.

En lugar de acompañarnos respetuosamente en nuestros procesos de autodescubrimiento y aceptarnos tal cual somos, les exigimos a los otros que sean lo que necesitamos que sean, y les hacemos creer que somos lo que necesitan. Establecemos relaciones basadas en la negociación de las expectativas mutuas.

Nos explotamos, pues, nos robamos la energía, la identidad y la paz los unos a los otros. Lo que realmente somos y lo que paradigmáticamente se supone que no debiéramos ser, quedan ocultos, pero como no pueden permanecer de esa forma, los proyectamos en los demás; en ellos vemos lo bueno y lo malo de nosotros, pero como ajeno. Es como un juego de espejos que distorsionan la realidad en múltiples y diferentes reflejos.

El malestar de vivir está en la falta de reconocimiento de uno mismo, porque nos aleja del cometido principal de la existencia: experimentarnos, sentirnos. En la base de todas las doctrinas esotéricas y muchas religiones, está la creencia de que Dios creó todo cuanto existe para experimentarse a sí mismo. Así de importante es vivirse, no sólo para conocerse, sino para amarse.

Paradójicamente, para evadir el malestar, y creyendo que está en lo que se oculta y no en el acto de ocultar, nos alejamos de quienes somos y de lo que sentimos pero “no debiéramos”, y confundimos esa baja intensidad de molestia con bienestar.

En eso que sentimos pero “no debiéramos” está depositada una carga moral que nos aplasta con el peso de la vergüenza. Es el calificativo de despreciable, y no la emoción en sí misma, lo que la hace insoportable, y es el acto de ocultarla lo que causa el sufrimiento.

Mientras más intentamos tapar ese tipo de emociones, más sufrimos, porque su insistencia arrecia. Nunca se irán, hasta que las hayamos confrontado, las dejemos expresarse, toleremos su intensidad, dialoguemos con ellas y lleguemos a acuerdos justos. Son como hijos adolescentes y rebeldes.

E igual que ellos, nos producen preocupación y agobio, dos de los malestares emocionales más perjudiciales para el ser humano, y desafortunadamente más frecuentes.

La preocupación es esa actividad mental y emocional de darle vueltas y vueltas en la cabeza a una situación inexistente. Según nuestro miedo, podemos evitar que suceda lo que tanto tememos si lo resolvemos cuando todavía no pasa, por lo menos en nuestra mente y nuestra emoción. Una locura super estresante, por absorbente.

El agobio es una emoción que surge cuando nos enfrentamos a la posibilidad o aun a la necesidad de hacer algo que no queremos hacer, por el motivo que sea. Con ese rechazo por delante, hacemos un recuento angustioso de nuestros pendientes, como si tuviéramos que desahogarlos juntos y ahora. Obvio, nos abrumamos. El agobio es un aviso de que tenemos de establecer prioridades.

Preocupación y agobio son, pues, inventos humanos. Dos formas erróneas de evitar el malestar que producen mucho malestar. Cada vez que las sintamos hay que ir a lo que estamos ocultando. Si eso nos da miedo, hay que saber que podemos resistirlo, sobrevivirlo y remontarlo si contamos con las herramientas adecuadas para oponerle a cada emoción y cada pensamiento negativos: buenos recuerdos, imágenes agradables, ideas lógicas y constructivas, por tanto, buenos sentimientos.

Y recuerde, en alquimia emocional o autorregulación no funciona la superposición de lo positivo sobre lo negativo. No vamos a hacer crecer nada en la basura si no la convertimos antes en abono.
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