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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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19 Marzo 2018 04:00:00
Sólo nos queda creer en lo imposible
“Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle. Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla. Y la Policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla”. Este fragmento del poema Utopía, de Eduardo Galeano, es un llamado a la humanidad que no ha perdido vigencia. Es una convocatoria a la reflexión, la conciencia, la autocrítica, a redescubrir (para algunas personas sería “a descubrir”) lo esencial, en un momento de la historia en el que, precisamente, lo esencial es desplazado, cada vez con mayor frecuencia, por lo superficial, lo banal, lo superfluo.

Las personas son lo que piensan y hacen, lo que hacen y piensan (pensamiento implica sentimientos, no se puede disociar una cosa de la otra, lo racional de lo emocional, en todo caso el reto radica en lograr el equilibrio entre un campo y el otro). Dicen que todo lo que la mente puede imaginar, el cuerpo lo puede realizar.

Las ideas y los pensamientos determinan las conductas y las acciones, del mismo modo en que estas últimas terminan condicionando y orientando aquellos. Aunque científicamente se explica de formas mucho más complejas, no perder de vista esta condición de los humanos, esta característica de las personas, es básico para usarla del modo más conveniente y ponerla al servicio de la especie.

El estudio y la valoración constantes de la realidad son sustanciales para comprender a la humanidad, medir sus avances (la evolución es norma en la naturaleza) y resolver situaciones negativas e inconvenientes, que, a pesar de los siglos, continúan afectando su dignidad y desarrollo, y amenazando su sobrevivencia, la de todos. Aunque, evidentemente, en este mundo tan injusto, unos carecen, padecen y sufren más que otros, carencias, padecimientos y sufrimientos de unos, son causa, responsabilidad y penitencia de todos.

Expertos internacionales, economistas, sociólogos, líderes políticos y de opinión coinciden en que los problemas más graves que laceran actualmente al mundo son el cambio climático y la escasez de agua; los enfrentamientos por diferencias culturales; el envejecimiento de la población; la guerra, las amenazas bélicas y las hostilidades en algunas regiones; el arribo al poder de dirigentes políticos populistas, ignorantes y/o que promueven el odio y la violencia; la ciber dependencia (dispositivos, Internet y redes sociales); el estancamiento de la pobreza y el incremento de las desigualdades; el racismo y la discriminación por múltiples motivos, y las promesas incumplidas de los modelos predominantes: político, la democracia; económico, el capitalismo.

¿Por qué a estas alturas las personas no han logrado no solamente resolver problemas sociales añejos, sino que hoy enfrentan nuevos y más complejos? Tal vez porque se ha privilegiado lo incorrecto. La historia de la humanidad ha sido la de la búsqueda constante de la igualdad y la justicia, la conquista generalizada del bienestar y la felicidad.

Miles de obras, libros, ensayos, reflexiones se han producido para diseñar y proponer comunidades en donde las personas puedan vivir y convivir en armonía, paz y equidad de oportunidades. Una de esas obras, de la mayor trascendencia, es, sin duda, Utopía, de Tomás Moro. Tanto que dio significado a un término hoy en día conocido y reconocido, la palabra “utopía”.

Hace más de 500 años, Moro imaginó y plasmó una sociedad ideal, una República regida por prácticas sociales, valores y normas que privilegiaran lo esencial sobre lo material. “Me contento con esta forma de República… donde se ha seguido la forma de vida indicada, que no solamente tiene que durar y prosperar, sino que… ha de permanecer para siempre. Ya que habiéndose extirpado de entre ellos el vicio de la ambición por una parte y la raíz de las sectas por otra no hay allí peligro de discordia, que ella sola es capaz de arruinar las ciudades mejor fortificadas...”, concluye reflexionando este prominente filósofo inglés.

En la Isla de Utopía las relaciones entre las personas, su convivencia, sus estudios, ocupaciones, trabajos, su cultura, religión, sus pasatiempos, cuidados, la forma de hacer familia y sociedad, son regidas por valores como la empatía, la solidaridad, la comprensión, el entendimiento, la lealtad, la confianza, el respeto y el amor.

Sus habitantes “están persuadidos de que son lícitos todos los deleites que no acarreen inconvenientes”, por ello “en todas las cosas buscan la medida, para que un deleite menor no impida otro mayor, o que del deleite no provenga dolor, lo cual ocurre siempre que el deleite no es honesto”.

Así es Utopía, un lugar en donde “no hay ningún pobre, porque nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común”.

Tal vez sea momento de voltear de nuevo a la utopía. De creer que ese “plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización”, en realidad sí es posible. Si la racionalidad extrema o intentando separarla de lo esencial, de los valores, no ha sido suficiente, lo único que queda es apostar por la supremacía de los principios y bienes humanos.

Finalmente, con la utopía por estandarte jamás se pierde. ¿Por qué? Lo explica el mismo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
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