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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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02 Junio 2017 04:00:00
¡Somos campeones!
¿Somos...? Sigo la crónica del chiverío que enajenó al mentecato que fui de joven, y la reanudo con el recuerdo del Tigre Sepúlveda, que en la defensa central ganaba contiendas con la pura estampa de una camiseta a rayas, unos mostachos aguamieleros y un mirar así, miren, de fiera en brama. Y a palidecer, esos margaritones del Atlas, que allá viene el Tigre Sepúlveda.

Te nombro, zambo aborigen, pesadilla de rivales, honra y prez de Atemajac. ¡En la defensa izquierda. Jamaicón Villegas!

Nuño: sacrificio, entrega, dinamismo puro y puro pundonor. No, y aquel inolvidable... ¿cómo se llamaba el inolvidable tirador de media distancia? Qué inolvidable zurdo era ese que se me olvida, qué manera de avanzar: pique, freno, descolgadas escalofriantes y el sonoro rugir del balón al ángulo superior de la portería. ¡Y autogol del inolvidable! “Mis” chivas...

Como si lo estuviera viendo: Marimbas Vidrio mentado. Me acuerdo que cuando en el área chica se picaba con el balón... Un momento; el Marimbas Vidrio no, que ese era de los otros, de los mediocampistas del Atlas. Es que de aquello hace ya tantos abriles, diciembres tantos...

Pero tú cómo te me ibas a olvidar, símbolo garrochón de mi juventud primeriza. De pie te saludo, chiva grande, tú al que así anunciaban todos los altoparlantes de todos los estadios donde se practica el futbol:

“¡En la portería de las Chivas... Jaime... Tubo... Gómez!”.

Palcos, sombra preferente y sol general se cimbraban y se venían, aunque nomás de chiquitibunes. ¡Ah, Tubo de mil batallas, espejo y flor de “mi” chiverío desde chivito de las fuerzas inferiores hasta llegar a chivón! Ah, Tubo afamado que por el honor del Rebaño Sagrado salías a partírtela (la madre nomás); Tubo que fuiste honra y prez del club rojiblanco cuando no era propiedad de algún mercachifle, sino de un consejo de beneméritos que ni dueños parecían. El Guadalajara de los Colomitos lejanos, allá por los rumbos de aquel Zapopan todavía limpio de narcos. De los Colomitos fragantes...

Dije Colomitos y de golpe se me viene el paisaje sombreado del que fue establo del chiverío y querencia de mis años nuevos, los que se me murieron en olor de virgen zapopana y de primerizo amor: Con la ilusión de que volvieras –mi corazón abrió la puerta– y tus pisadas confundí –con el latir– del corazón. (Me los estoy sintiendo mojados; los ojos...)

Al filo de la nostalgia, mis valedores, me he puesto a rememorar el perfil de “mis” campeonísimas Chivas de los años 60, cuando no había en todo sol general un fanático más entrañudo que yo, pobre de espíritu y mentecato héroe por delegación que con otros tan mediocres como yo juraba que “jugamos bien, no fallamos a la hora del escopetazo. ¡Goleamos!”. Pobre de espíritu.

A esto quería yo llegar. Como alguno de ustedes, dipsómano que logró la curación, vicioso que con su puro par de redaños venció el cigarrito, así yo; enajenación futbolera nunca más. Crecí, maduré mentalmente, ejercité el oficio de pensar y el de la autocrítica, me libré del cretino que fui por aquel entonces, el idiota útil al que Televisa manejó como le dictaron sus electrónicos compañones. Yo abandoné la exaltación inducida e impuesta que me traía delirando; me lavé de la mugre mental que me engarrotaba en la enajenación, la pasividad y la dependencia. Futbol, cigarrito, licor y televisión nunca más. De amores el libro y unas faldas –no pantalones– de mujer.

Es cuanto, y a vivir. Qué más, qué mejor. (Vale.)
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