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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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07 Noviembre 2016 03:00:00
Somos lo que vemos y tanto criticamos
Los gobernantes y los políticos son un reflejo de sus sociedades, así como lo son los profesionistas, los artistas, deportistas, indigentes, académicos y delincuentes; las mujeres y los hombres. No podría ser de otro modo. Todos los mexicanos tenemos como origen la misma fuente: la sociedad mexicana, las familias mexicanas y, por ende, la cultura y, específicamente, los valores mexicanos.

Las personas que son muy conocidas, en todos los ámbitos, se convierten en evidencias claras, en pequeñas muestras, de las ideas, los sentimientos, las capacidades y limitaciones de la sociedad de la que emergen; son espejos de las cosas buenas y malas, de las más buenas y las más malas, de todos los demás.

Apelemos a un ejemplo, uno radical, el de las cárceles. Diversos especialistas y personas relacionadas con el tema penitenciario han sostenido que estos lugares constituyen un parámetro para medir el nivel de rezago o evolución de una sociedad. “Las cárceles son un reflejo de la sociedad, un espejo del país tanto para los problemas grandes como los pequeños, y también para las crisis económicas y sociales”, ha señalado el periodista italiano Valerio Bispuri, quien ha visitado una gran cantidad de cárceles y ha constatado la situación en que viven los presos.

En el caso de las cárceles mexicanas, entre las deficiencias más notables, se encuentran: sobrepoblación, violación de derechos humanos, inatención de incidentes violentos, insalubridad, falta de actividades laborales y capacitación, discriminación y homicidios (Animal Político, 2016). Se trata, básicamente, de los mismos problemas que prevalecen afuera de las prisiones; lo que es más preciso, se trata de situaciones que han ido migrando desde la sociedad. Va de nuevo: no podría ser de otro modo.

Frecuentemente escuchamos críticas (y criticamos) sobre el comportamiento de los mexicanos, de muchos, pero principalmente de personas ricas, famosas, poderosas, de líderes y dirigentes, guías religiosos, intelectuales y, obviamente, de los políticos. Pero muy pocas veces reflexionamos sobre las causas de su proceder. Al hacer un pequeño ejercicio al respecto, es fácil de constatar que su comportamiento se debe a sus valores y que sus valores, los de la mayoría de estas personas (sería incorrecto generalizar), coinciden con los valores que subyacen en sus comunidades, a las que se encuentran unidas. Aunque en grados, todas las personas postulan la suma de los valores de aquellas con las que viven en común unión. Veamos si no.

Los mexicanos solemos criticar con frecuencia tres cosas: la corrupción, la discriminación y la deshonestidad de los políticos. Pues bien. En México: anatomía de la corrupción (CIDE-IMCO, 2015), María Amparo Casar precisa que “8 de cada 10 mexicanos acepta haber comprado o descargado algún producto pirata, mientras que el 94% dice conocer a alguien que ha comprado este tipo de productos”, en tanto que “el 61% de los encuestados acepta haber sobornado a la policía y el 55% a algún integrante del Poder Judicial”.

Según la Encuesta Nacional de Identidad y Valores (UNAM-IIJ, 2015), “se encontró que los lugares públicos son los espacios en que los entrevistados refirieron con mayor frecuencia sí, y sí, en parte sentirse discriminados (32.7%), seguido de para conseguir un trabajo con 32.1%, y, en tercer lugar, los servicios de salud (30.9%)”. De acuerdo con la Encuesta de Valores México (CIDAC, 2011), el 29% considera que “es de tontos cumplir la ley cuando no hay consecuencias incumplirla”, mientras que el 30% considera que “es de tontos cumplir la ley cuando la mayoría no la cumple”.

Estos datos son algunos de los muchos con base en los cuales es posible afirmar que la raíz de los males colectivos, son los males individuales. Ciudadanos medianamente corruptos engendran políticos medianamente corruptos, del mismo modo que ciudadanos que suelen discriminar, encumbran autoridades que suelen discriminar. Si se anhelan instituciones públicas, organizaciones sociales y empresas privadas sólidamente éticas debe contarse con ciudadanos sólidamente éticos. Los valores, que son las cualidades de las personas que dan significado y sentido a las cosas, se trasladan así, de forma natural, del ámbito personal al social. En efecto, no podría ser de otro modo.
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