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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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30 Agosto 2016 03:59:59
¡Son los jóvenes la apuesta!
El de los jóvenes es un tema recurrente, un lugar común. Por estos días se ha puesto de moda, por ejemplo, un tópico que ocupa espacios editoriales y muros de redes sociales, y que llama la atención por ser aparentemente revelador, el de los “jóvenes millennials”, “los nacidos entre 1981 y 1995, jóvenes entre 20 y 35 años que se hicieron adultos con el cambio de milenio” (Forbes, diciembre 2014), que presentan una serie de rasgos distintos, significativamente diferentes a los de generaciones anteriores. Pero esta reflexión es sobre otros jóvenes, unos que, aunque por su edad encuadran en la definición de los millennials, no están pensando en si su prioridad en el futuro inmediato será el ingreso económico por su trabajo, la flexibilidad laboral que les permitan sus empleadores o sus opciones de ahorro para el retiro; tampoco están reconfigurando sus hábitos de consumo, ni intentando innovar en cuanto a las actitudes y el lenguaje con los que deben criticar al Gobierno u oponerse al sistema. Ellos, estos jóvenes a los que me referiré, están pensando en cómo sobrevivir. Se trata de los jóvenes que tienen una pésima calidad de vida y un futuro incierto (por decir lo menos desolador). Son la mayoría de los jóvenes mexicanos; los que viven en la pobreza, los que carecen de oportunidades educativas de calidad y empleos dignos, los amenazados por la violencia y el crimen organizado.

Una deficiencia en México es la ausencia de censos y diagnósticos transversales por grupos poblacionales, lo que genera problemas al sistema nacional de planeación y, lo más grave, resultados insuficientes para combatir exitosamente y con la mayor eficacia posible los problemas sociales. Sin embargo, existen diferentes estadísticas aisladas que, por lo menos, nos permiten asomarnos a la realidad de estos jóvenes mexicanos, como las siguientes.

Los que viven en la pobreza. El 46.2% de los mexicanos viven en situación de pobreza, mientras que el 72.4% padecen al menos una carencia social (en relación con satisfactores básicos) (Coneval, 2014). Esta realidad con respecto a la población en general, se replica específicamente en el segmento de los jóvenes, pues se estima que en nuestro país el 44.9% de las personas de 12 a 29 años se enfrentan a la pobreza y el 9.4% a la pobreza extrema, es decir, 3.5 millones de jóvenes mexicanos viven en pobreza extrema (Cepal, OIJ, Imjuve, 2014). Estas estadísticas se traducen, entre más, en que siete de cada 10 jóvenes presentan carencias por acceso a seguridad social y tres de cada 10, carencias por acceso a servicios de salud.

Los que carecen de oportunidades educativas de calidad y empleos dignos. De acuerdo con fuentes oficiales (OCDE, Imjuve, INEGI), “a) apenas un poco más de la mitad de las y los jóvenes mexicanos (56%) está recibiendo educación media superior, en contraste con el 84% logrado, en promedio, por los países de la OCDE, como requisitos de calificación para el trabajo actual y para desempeñarse como ciudadanos; b) la mayoría de estos jóvenes encuentra difícil incorporarse al mercado laboral: por ejemplo, siete de cada 10 consigue su primer empleo a través de redes informales, preferentemente amigos o familiares, y c) 53.2% de los desempleados en México tiene entre 14 y 29 años”. A pesar de que no queda duda sobre que la educación profesional de calidad constituye el principal detonante para el progreso social, en nuestro país sólo el 15% de los jóvenes en edad de hacerlo han estudiado algún semestre de educación superior (y apenas la mitad de ellos, el 7% del total, concluye una carrera).

Los amenazados por la violencia y el crimen organizado. Otra situación que perjudica a millones de jóvenes mexicanos es la de la inseguridad, específicamente la del crimen organizado y la violencia. El primero acosa a los jóvenes y en ocasiones significa para algunos de ellos un camino fácil (“el único”) para salir de la pobreza y/o lograr reconocimiento social. La segunda, afecta el entorno familiar, escolar y social de muchos de ellos. De acuerdo con Rafael de Hoyos y Vicente Vargas, existen hallazgos que sugieren un vínculo entre jóvenes que no estudian ni trabajan y la violencia, debido a “1) la expansión de la industria del crimen organizado, lo cual aumentó dramáticamente la demanda por sicarios, halcones y demás “puestos” de las organizaciones criminales; 2) la crisis financiera internacional que destruyó oportunidades laborales en las manufacturas, y 3) la estructura productiva de dos industrias orientadas a la exportación, una legal (la manufactura) y otra criminal (el narcotráfico), ambas dependientes de trabajadores jóvenes, hombres, de baja escolaridad en el norte de México” (Nexos, junio 2016).

No perder de vista esta realidad lacerante es esencial para la sociedad, a fin de que tengamos una conciencia precisa sobre las verdaderas prioridades de este grupo poblacional, pero particularmente lo es para las autoridades y organizaciones dedicadas al cuidado y desarrollo de las futuras generaciones. Es vital para que diseñen políticas públicas integrales y adecuadas en materia de juventud. Mientras eso no suceda, millones de jóvenes seguirán expuestos a fenómenos de los que les resulta prácticamente imposible escapar y que marcan injustamente su destino.

LM
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