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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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28 Noviembre 2017 04:00:00
Sonrisas
La sonrisa de José Antonio Meade es contagiosa. Basta con que el ya precandidato a la Presidencia por el PRI sonría para que una tenga ganas de sonreír. La suya es una sonrisa fresca, modesta y muy cálida. No se trata de una sonrisa pose, ni mucho menos estudiada, al contrario, es hasta tímida. ¿Le dará pena que lo aplaudan con tanto fervor? Algo me dice que lo toma como parte de las reglas del juego de la típica política mexicana, como si fuera un rito. Seguramente él sabe que así le aplaudieron, con la misma pasión, a todos los precandidatos y candidatos a la Presidencia que ha tenido el PRI a lo largo de más de 60 años. El exsecretario de Hacienda sonríe porque sabe que hay consenso en relación a su precandidatura, entre la mayoría de sus congéneres y de muchos sectores de la sociedad mexicana. Sonríe porque se siente bienvenido a pesar de todas las críticas que no faltarán por parte de la oposición. En su caso, lo que más le pueden reprochar, no sin razón, es la biografía del PRI, partido del que no es militante, por eso estas críticas no le afectarán personalmente. Está consciente de lo que significa ser candidato de un partido que ha perdido todo crédito de los mexicanos. Está consciente del terrible estado en que encontrará el país ahora que lo visite de punta a punta y está consciente del desafío que representa, convertirse, si el voto lo favorece, en el próximo presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Quiero pensar que tanta conciencia e información privilegiada respecto a los gravísimos problemas que embargan el país en estos momentos fue lo que lo motivó para que finalmente aceptara tamaña responsabilidad. “Voy a solicitar mi registro como precandidato a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario Institucional; lo hago tras 20 años de servir a mi país de manera ininterrumpida con integridad y honradez”, señaló Meade en el Palacio Nacional.

Escribo todo esto desde la habitación del hotel. Me encuentro en la FIL de Guadalajara. Hace 31 años que se inauguró y no he faltado un solo año. No podría permitírmelo por todo lo que representa. Como dice su presidente, Raúl Padilla: “La cultura es un faro que nos ayuda a comprendernos y, sobre todo a reconocernos en el otro”. Mientras camino por los corredores me gusta reencontrarme con mis colegas, me gusta saberlos tan productivos presentando su respectiva obra o como invitados de mesas redondas. Más de cuatro veces me he topado con el escritor Fernando Savater, cuyo discurso en su homenaje dijo que esta podría ser su última visita a la FIL. El filósofo español, quien acaba de cumplir 70 años, está triste por el vacío que le ha dejado la muerte de Sara Torres, su esposa. Savater está triste porque su amiga Luz del Amo también se murió y está triste porque ahora lo acompañan, lo que él llama: “los monstruos reales que llegan para la vida de uno”, dijo. También Fernando Savater tiene una sonrisa muy humana y tierna. Cuando sonríe a una le dan ganas de abrazarlo.

A otro filósofo, este francés, Gilles Lipovetsky, también le gusta venir a la FIL. Él no está triste, porque vive con su pareja y acaba de terminar un libro cuya tesis gira alrededor de la seducción de la sociedad, Plaire et Toucher (Edit. Gallimard), inspirado en lo que decía Racine, que la principal regla es gustar y conmover. De esto trata el libro de Lipovetsky el cual ha provocado un verdadero revuelo en Francia, publicado durante las denuncias de los acosos del productor estadounidense Harvey Weinstein. Gilles tiene así mismo una sonrisa especial: maliciosa, escéptica y medio burlona.

Pérez-Reverte y yo tomamos el elevador del hotel al mismo tiempo. Mientras subíamos hasta el piso 19, el escritor español me sonrió. Me sentí honrada y no pude evitar pedirle una fotografía. Los dos aparecemos en la foto con una sonrisa de oreja a oreja. Nos vemos contentos quizá por estar bien vivos en la FIL de Guadalajara.

La sonrisa de Margo Glantz es realmente conmovedora. Se diría que está llena de sabiduría y de amor por el prójimo. Por eso le di un abrazo repleto de afecto y de paso le di el pésame por su íntima amiga Luz del Amo. Pero sin duda la sonrisa que más me iluminó y me deslumbró fue la de Xavier Velasco, quien al encontrarme en la FIL abrió sus brazos a más no poder, como si se hubiera encontrado a una amiga de su infancia.

Por lo pronto, ayer por la noche me dormí con una sonrisa en los labios, al evocar la sonrisa de Meade.
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