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Verónica Martínez García
Verónica Martínez García
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20 Junio 2016 04:08:25
¡Súper papá!
¡Te quiero hasta la luna, dos vueltas y de revés! ¿Quién no ha sentido querer a su papá de esa manera?

Hoy en día, los papás han logrado vencer la tradición de ser meros proveedores, procreadores y satisfactores de todas las necesidades materiales del hogar, para cambiar su rol por el de la crianza de los hijos.

Un padre es mejor superhéroe para sus hijos que Superman, y es que aunque carezca de una capa roja y visión de rayos X, es su súper fuerza la que mueve montañas cuando de darle lo mejor a su familia se trata. Si bien no podemos buscar su ayuda desplegando una señal en el cielo como Batman, basta gritar “papá” para que corra al auxilio cuando hay un monstruo en el armario, una cucaracha en el baño o una pesadilla.

O que tal esa velocidad de Flash cuando por las madrugadas suena su teléfono para pedir regresar de la fiesta a casa. Su labor de fácil no tiene nada y no podemos entenderla hasta que toca usar sus zapatos.

Ser papá te da la oportunidad de volver a vivir. Decir tus primeras palabras; dar tus primeros pasos; aprender a atarte las cintas de los zapatos; unirte a un equipo deportivo; usar el rastrillo por primera vez; hacer exámenes de admisión para la universidad; ir a tu primera fiesta; aprender a manejar; graduarte de preparatoria; comprar tu primer coche; tener tu primera casa; casarte.

Cada logro de sus hijos, un padre lo vive a la par y lo enorgullece aún más que sus propios triunfos. Siempre está dispuesto a orientar y tender la mano, pues ese camino que nosotros vemos en zigzag ellos ya lo recorrieron, y no desean más que nosotros lo hagamos aún mejor, queriendo quitar todas las piedritas que nos pudieran hacer tropezar y muchas veces hasta poniendo señalamientos o dándonos mapas.

estos recios y a la vez dulces señores, siempre intentan dejarnos lecciones de vida, muchas veces dándonos consejos que no escuchamos ni valoramos lo suficiente, y son ellos los que nos hubieran ahorrado muchos desagrados.

Papá seguramente te intentó inculcar que las cosas, si no se hacen bien, no se hacen; a no echarte para atrás y perseguir lo que quieres, ya que aunque difícil sea el trayecto la recompensa siempre lo vale; a ver por los demás, pues en esta vida no estamos solos.

Yo de mi padre aprendí tantas cosas que guardo en mi corazón con la esperanza de poder transmitírselas a mis hijos, y que ellos las reciban con el mismo cariño que yo, así como espero aprendan las lecciones que su propio padre les instruya. Me enseñó que debemos dar el extra en todo, pues es ese “plus” el que le da el toque mágico a lo que hacemos y puede hacer la diferencia entre algo común y algo maravilloso. Que sí, la vida es dura, pero si le encuentras el lado bueno todo será más fácil, siempre buscando ver el lado positivo de las cosas y hacerlas con gusto, incluso las que en primera instancia no sean de nuestro agrado.

También que la puntualidad es indispensable, pues el tiempo es un regalo al cual no podemos darle mal uso ni quitárselo a nadie, por eso cada momento que pasamos con quienes amamos debemos disfrutarlo al máximo. Mi papá decía que la honestidad ante todo, caminando rectos sobre la vida es la mejor manera de ser felices, y aunque él no supiera decir cuando era lo justo, sí cuando creía algo era lo conveniente.

Recuerdos de mi infancia a lado de él tengo muchos, como el enseñarme andar en bicicleta, comer en familia, ir a misa los domingos, visitar a mis abuelos, respetar a los mayores, procurar en todo momento ser servicial, a guardar silencio para poder escuchar y tantas otras cosas más ¿tú recuerdas ahora que aprendiste de tu papá?
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