×
Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
ver +
Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

" Comentar Imprimir
18 Marzo 2011 04:10:42
Supina necedad
Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, le contó a un amigo: “Anoche le hice el amor a mi mujer, y creo que tuvo un orgasmo”. “¿Por qué supones eso?” -preguntó el amigo. Contesta don Frustracio: “Dejó caer la lima de las uñas”.
Por enésima vez Pepito levantó la mano para pedir permiso de ir al baño a hacer pipí. “Ahora no, Pepito -negó la profesora-. Estamos a media lección. Podrás ir cuando acabemos”. Terminada la clase le dice la maestra al chiquillo: “Ahora sí puedes ir a hacer pipí”. “Ya no necesito ir, señorita -responde Pepito-. Abrí mi libro de Geografía y acrecenté las aguas del Océano Pacífico”. Astatrasio Garrajarra, ebrio consuetudinario, fue llevado ante el juez por ebrio y escandaloso. El juzgador interpeló, severo, al temulento: “¿Recuerdas lo que te dije que te iba a hacer si otra vez te traían aquí?”. “¿Cómo, señor juez? -exclama Garrajarra-. ¿Qué a usted ya se le olvidó?”. Max the Ax, hirsuto leñador, bajó al pueblo después de varios meses de estar remontado en su cabaña del bosque. Fue a la cantina en busca de un whisky. Después de servirle la copa le preguntó el cantinero: “¿Cómo están tu mujer y tus hijos?”. “Están bien -respondió el leñador-. Comiendo, como todos los días”.

Inquiere el tabernero: “¿Y aquel caballo tan bueno que tenías?”. “Ya no lo tengo -dice con acento sombrío Max the Ax-. Se quebró una pata, y tuve que rematarlo”. “Lo siento mucho -se conduele el de la cantina-. Y tu suegra ¿cómo está?”. “Murió” -replica el leñador con laconismo. “¡Qué barbaridad! -exclama el de la cantina-. No era mujer de mucha edad. ¿Qué le sucedió?”. Explica Max the Ax: “Estaba cosiendo, y se pinchó un dedo con la aguja. Tuve que rematarla también”. Sonó el teléfono, y el ginecólogo tomó la llamada. Era una de sus pacientes, joven señora que le preguntó: “Doctor: ¿Por casualidad dejé mi pantaleta en su consultorio esta mañana?”. Después de buscar le informa el facultativo: “No, señora. Aquí no la dejó”. “No se preocupe -dice ella-. Entonces debo haberla dejado en el consultorio del dentista”. Aviso: El próximo domingo saldrá aquí un chascarrillo más propio de goliardos que de gente con sindéresis. Titúlase el tal cuento “La pe muda”, y es un relato que de consuno reprobarán las personas defensoras de la decencia (la poca que aún queda en el mundo) y de la urbanidad. Lo leyó doña Tebaida Tridua, defensora de la pública moral, y fue víctima de un súbito arrechucho conocido por la ciencia médica como fenómeno de Charcot-Marie, consistente en un rapidísimo temblor muscular que se localiza principalmente en los glúteos. Las personas que no quieran sufrir tan raro síndrome deberán abstenerse de leer el supradicho cuento.

Después del trágico desastre que asoló a Japón, los japoneses no han dudado en pedir apoyo a otros países, en especial a Estados Unidos, para hacer frente a los efectos del sismo que tantas muertes y destrucción causó. En circunstancias parecidas los gobernantes mexicanos no sólo no han pedido ayuda a otras naciones, sino además han rechazado la que les era ofrecida. No podemos librarnos todavía de un necio sentimiento nacionalista por el cual nos creemos autosuficientes, aunque no lo seamos, y nos negamos a aceptar que el mundo no tiene ya fronteras. Conceptos como el de soberanía, orgullo patrio y otras reliquias de pasados tiempos nos hacen cerrarnos y dar la espalda a la cooperación internacional. Hoy por hoy tenemos gravísimos problemas que convierten en riesgo cotidiano la vida en muchas ciudades mexicanas. Ante tal situación ese obtuso nacionalismo no es patriótica virtud, sino supina necedad. (¡Bófonos! Con esta última frase el nacionalismo debe haber quedado muy bocabajeado. No quisiera estar en sus zapatos, si es que el nacionalismo usa zapatos. A lo mejor anda patrióticamente descalzo, o de guaraches). Don Fecundino le dijo con angustia al médico de la familia: “Doctor, soy padre ya de nueve hijos. ¿Qué debo hacer para matar a la cigüeña?”. Responde el galeno: “Dispare en el aire”. (No le entendí). FIN.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2