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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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08 Febrero 2018 04:08:00
Tambores de guerra
En vísperas de finalizar la precampaña presidencial este domingo, se puso peligrosa para la sangre de una democracia la libertad de expresión. Andrés Manuel López Obrador, en una reacción desmedida, acusó a un académico de fina prosa, Jesús Silva-Herzog, porque en su artículo semanal en Reforma escribió sobre su nuevo pragmatismo que lo llevó, argumentó, al terreno de un “oportunismo” asociado con el PRI. López Obrador lo llamó “secuaz” de la “mafia del poder”. El historiador Enrique Krauze salió a la defensa del derecho de Silva-Herzog a expresar lo que piensa, y dijo que el liberalismo –la doctrina del siglo 18 que defiende las libertades individuales– debate, pero el mesianismo condena. La respuesta fue: “Tú también eres de aquellos profundamente conservadores y que simulan con apariencia de liberales”.

Objetivamente hablando, López Obrador ejerció su derecho a criticar a sus críticos. “¿Qué no se les puede cuestionar?”, dijo en una gira por Puebla. “Ellos sí pueden decir que soy mesiánico, populista, oportunista. Yo apenas lo único que les dije, se los repito, son profundamente conservadores con apariencia de liberales. Eso es todo y tengo razón”. Tiene toda la razón, si este caso fuera consistente con su comportamiento político. Pero no lo es. La respuesta en La República de las Opiniones al lance de López Obrador la sintetizó Francisco Garfias, uno de los columnistas más leídos por la clase política, en Excélsior: “Lo volvió a traicionar la intolerancia que parecía haber exorcizado en su tercera campaña presidencial”. Las reacciones negativas, en una actitud muy típica suya, no lo hicieron matizar ni replicar racionalmente, sino apretar el acelerador.

El martes reiteró las descalificaciones a Silva Herzog y Krauze, y añadió a quien esto escribe por una columna publicada ese día sobre el papel de sus tres hijos mayores en el control del aparato de Morena. Dijo que los datos difundidos provenían de un expediente del CISEN, que ha investigado a su familia. Si existe ese documento en el CISEN, este autor lo desconoce. Pero dos puntos son relevantes: no negó la veracidad de lo publicado y, sobre todo, no es un secreto. El control que entregó a sus hijos del aparato de Morena es un tema público y de conversación interna que ha producido tensiones, aunque hasta ahora nadie ha cuestionado esa delegación de poder a su familia.

Los dos episodios tienen que verse en un contexto más amplio para entender lo que esconde la reacción de López Obrador, a quien hay que analizarlo bajo parámetros distintos de donde se mueven los políticos, sino dentro de los que construyen universos religiosos. López Obrador tiene una estructura mental y un comportamiento teológico. Su mundo está pintado de blanco o negro, donde todo es bipolar. Su discurso siempre es la lucha entre buenos y malos, los ricos contra los pobres, los fieles luchando contra los infieles. No hay grises en su vida pública. O son incondicionales, o son sus enemigos. Por eso utiliza con tanta ligereza generalizaciones como “la mafia del poder”, para identificar a todos aquellos que muestran discrepancias u oposiciones a su pensamiento y acción.

Públicamente, López Obrador siempre se ha mantenido en el margen de no ir más allá de la retórica incendiaria contra quien piensa diferente de él, lo que entra en los rangos de comportamiento de los políticos en las democracias occidentales. En privado, las cosas son diferentes. La secuela de la publicación de la columna sobre sus tres hijos mayores, es un buen ejemplo para ilustrar la intolerancia de él y de su entorno, y la intransigencia. En reuniones privadas que sostuvieron sus hijos con cuadros de Morena pocas horas después de la publicación de la columna, no hubo argumentos en contra o explicaciones sobre los porqués de la estructura absolutista, sino insultos con palabras obscenas. Incapaces de analizar una crítica y desmontarla dialécticamente, se lanzaron al linchamiento, como en 2006 se hizo con un grupo de periodistas cuyas fotografías se colgaron en el Zócalo para que fueran juzgados el patíbulo popular, y durante meses se utilizó la pluma anónima de un periodista incondicional a él, que publicada en la red Fichitas, donde difamaba a mentes independientes.

Las cosas, en esta ocasión, no pararon con las descalificaciones. El mismo martes inició una cacería de brujas dentro de Morena para descubrir quiénes habían aportado la información sustantiva para ese texto, cuyos resultados finales aún no se conocen. La persecución interna para encontrar culpables –lo del CISEN y el anuncio que lo desaparecería por hacer espionaje político, tiene toda la marca de un distractor–, si no fue autorizada por López Obrador, sí fue apoyada, erigido en un Savonarola contemporáneo. Krauze lo emplazó a un debate el lunes, y por respuesta recibió otro descalificativo. Ni siquiera abrió una pequeña rendija López Obador en la puerta de su paraíso para que se pudieran confrontar ideas en la arena pública.

López Obrador es un fundamentalista de pensamiento lineal que no es demócrata. No importa si actuara con la altitud de miras que podría encontrar, por ejemplo, en la biografía de Frederik de Klerk, el presidente sudafricano defensor del Apartheid, que entendió que para poder sacar adelante a su país, de mayorías oprimidas, pobres y discriminadas, tenía que avanzar por la ruta de la democracia, aunque él no lo fuera. La moraleja de De Klerk que puede seguir López Obrador es que no se necesita ser un demócrata para construir una democracia, ni puede haber democracia sin libertad de prensa. Punto. Tocar los tambores de guerra contra ella es una señal peligrosa.
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