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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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27 Octubre 2016 03:00:00
¡Tartufos!
Todo terminó con un timbrazo a deshoras y el cerrón de la puerta. Esa noche contemplaba la ruina de mis botines: soberbia estampa, color alazán tostado, de la punta aguzados y sus orejetas detrás. Magníficos cuando nuevos, es ley de la vida a la que unos botines no se pueden sustraer; los míos fuéronse maltratando, se me fruncieron, y tan sutil se tornó la suela, que entre mis pies y la Madre Tierra (el padre asfalto) sólo quedaba la tela del calcetín. Y qué hacer; los arrumbé en el asilo de viejos (un arcón de pino, polilla y vejez) y al uso diario los domingueros, con lo caros que son, que al caminar pisaba con tiento, tratando de pesar lo que una plumita. En eso, la mañana del jueves:

–¡Zapatos qué componer!

Corrí al arcón y a las manos del zapatero confié mis botines; los miró, miró, sospesó, examinó de un lado, del otro, por abajo y atrás (sin albur). Su veredicto:

–Tacones, suelas corridas, y como nuevos.

Una hora pidió para realizar la cirugía ahí mismo, en el rincón de la cochera. Sin casa ni local comercial, tuvo que convertirse en itinerante (“la crisis”, y aquellas altisonancias en contra de Peña). “No dormir en la calle se lo debo  a un amigo que me facilitó un rinconcito en su casa”.

Y a los botines. “No como los botines que a la vista de todos se alzan los políticos bandidos, hijos de toda su…”.

Oyéndolo escuchaba el ánima ofendida e iracunda de la comunidad. Lo dejé en medio de una choricera de madres contra los políticos ladrones y los ladrones políticos.

Horas después me entregó mis botines y se perdió en la calleja. Horror, qué metamorfosis vinieron a sufrir, que ante esta la de Kafka es juego de niños. De oscuro marrón su color, el remendón me los tornó negruzcos, con jiricua de rosetones lívidos. Suela de calidad prometió, pero aquello tiraba a cartón mal pegado con plastas de engrudo. De cálido albergue para mis pies, que algo tenían de condición femenina, mis botines se volvieron covacha inhóspita, desapacible, erizada de salientes, recovecos, hondonadas, una estalactita a la altura del gordo y una estalagmita contrapunteada con el talón.

Y ni cómo localizar al malandrín que por su madrecita juró utilizar lo mejor de su arte y baqueta para revivir mis botines. ¿Y sus reniegos vehementes contra la corrupción de los Duarte, Medina, Borge y la “casa blanca”, que aún me lastima los tímpanos su voz gargajosa, abrojuda, con su diarrea de altisonancias?

–¡Cínicos marranos de fortunas ilícitas! Mansiones, lujos, viajes, derroches, ¿con su puro sueldo? ¡Se llenan la boca pregonando el combate a la corrupción, y no se les cae de vergüenza ante la pobreza de unos a quienes sólo nos queda nuestra moral personal!

Y aquellos chupetones al sin filtro. Y entonces fue. Esa noche, botines en mano, vivía yo la impotencia del agraviado por una injusticia que no encuentra quién lo pueda dar a valer. (En el aparato, hablando solo, Bach). Y entonces.

De repente, el timbrazo. Abrí la puerta, ¿y eso?  Jadeante, rostro desencajado, el remendón:

–¡Escóndame en su cochera, a ver qué rumbo agarro mañana!

Esconderlo del amigo que le prestaba dónde dormir y que, fusca en mano, recorría la colonia buscándolo.

–Es que agarré solita a su seño Romelia, y para que se dejara amar le apliqué algunos carambazos.

Jadeaba. “¡Por esta noche nomás!”.

Yo, al renegón contra Peña y cofrades simuladores, aquel portazo. (Qué más).
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