×
Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
ver +

" Comentar Imprimir
08 Septiembre 2016 04:00:48
Tenebra
Medianoche de miércoles. Regresaba yo de dar una plática en el norte de la ciudad cuando el motor del Volks falló miserablemente en aquel callejón de algún barrio desconocido. Largas miradas en derredor, atento el oído al motor de algún transporte colectivo que me llevase hasta el sur, pero nada. Sólo el rumor del silencio.

Desolado observaba fachadas oscuras, ventanas remachadas, un par de ánimas en pena que pasaban por arbolucos. Más allá, ¿calle cerrada? Más acá, el arranque de un callejón que a dónde conduciría. Se venteaba el peligro. ¿Asalto o algo aún más trágico? Yo, temor y temblor, sudaba frío. Dios, si no es que tú también andes extraviado en alguna calleja de tu región. Manos húmedas.

Tragando bocanadas de bilis negra caminé sin rumbo, temiendo lo peor. ¡Y lo peor vino a encontrarme en aquel terreno baldío, o algo semejante, porque de súbito!

De repente, ¿de dónde surgió semejante individuo? Acezaba. Su aliento fétido me azotó la cara. El individuo me afianzó este brazo. Yo, mis piernas de trapo. Quise hablar, decirle que soy hombre de paz, que ninguna resistencia; le aprontaba la cartera, el reloj. Suplicarle, implorarle, nada pude decir. Ahogado el gañote, las palabras se atoraban antes de salir. Que sea sin derramamiento de sangre. Y la temblorina. Logré, la vocezuca un tono más agudo del usual:

–Todo, mire, mochila, las bolsas, mi pantalón.

El aparecido torcía la mirada para este rumbo, para este otro. Dios, ¿aguardaba al resto de la banda? Y el pensamiento negro: “Que los de la banda no vayan a ser policías”. En medio del espanto pude observar la estrafalaria vestimenta del que parecía ansioso, destinado como yo, y la errancia de aquellas miradas, y la ansiedad. Logré una rajuela de ánimo: “No violencia, también el reloj. Barato, no de líder sindical”.

-Sh, el individuo chasqueó los labios, mirando hacia un lado, hacia otro. Yo, atragantándome, pedía al cielo o lo que fuese que la banda de maleantes no surgiera entre las sombras del callejón en penumbra. “Sh”, volvió el chasquido de lengua y aquella tufarada de aliento rancio, de pudrición. A lo lejos un amago de rumor de automóvil. A lo lejos. El estrafalario:

-Sh, mi tiempo se agota, a usted le voy a confesar mi secreto.

¿Su qué? Respiré de lado. Las piernas se amacizaban. “Mis enemigos me siguen los pasos. Quieren apoderarse de mi secreto, pero prefiero entregárselo a un desconocido. Ah, pero habrá de jurarme que de usted nunca va a salir. Pronto, ¿me lo jura? ¿Sí, me lo jura?”

Jurado quedó. El rumor del vehículo se tornaba estrépito. “¡Ya dieron conmigo! Escuche”.

Acercó su fetidez y en mi oído vació su secreto en el momento del frenón que arrancó ecos en la silenciosa calleja. Al frenazo tres, cuatro saltaron a la acera mientras el del secreto huía a lo desaforado. Se encienden ventanas.

Al infeliz lo alcanzan, lo arrastran, lo incrustan en el vehículo. Reducido a la inmovilidad, lo arrastran, lo incrustan en el vehículo. “¡Segunda vez que te escapas, loco de miércoles!”

Me pregunto, ya en casa y repuesto del trance: ¿cuál sería el fin de aquel desdichado? ¿Apando y camisa de fuerza en alguna casa de salud? Aún lo escucho, áspera voz a mi oído: “Este es mi secreto, guárdemelo: contra el desprecio y el odio de todo México, a mí, se lo juro, a mí ése sí me cae bien”.

¿A qué “ése” aludiría el pobre loco? Pues. (A saber).
Imprimir
COMENTARIOS



top-add