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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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27 Agosto 2016 04:00:52
Tener un amigo así
Una palabreja salida de la pulquata, todavía apestosa a tlachicotón. Eso es para mí la palabra “valedor”. Bronco nos resultó el vecino recién llegado al edificio de Cádiz, y que por vez primera participaba en la tertulia nocturna.

–Valedor: así se tratan en el toreo pulquero. Quesque valedor.

Ya me disponía a rebatir al recién llegado cuando el maestro tomó la palabra.

–Temo que aquí hay un mal entendido, vecino. Valedor es el que se da a valer; sin más, pero ni más ni menos. Así de claro y sencillo. Flor y espejo del humanismo, el valedor es aquel que, conozca o no al desvalido, sea su amigo o no lo sea, se acerca, le tiende la mano y lo da a valer para luego seguir su camino. Así de noble el vocablo, así de adecuado cuando nuestro anfitrión lo aplica para quienes lo dan a valer como periodista, coincidan o no con sus opiniones.

(Silencio. Bach, quedo, en el aparato. A lo lejos, aullido de parturienta, una patrulla, alguna ambulancia. Alguien caído en su cuarto de hora de desdicha. Atroz.)

El maestro: ¿Saben ustedes, contertulios, quién mejor ha explicado la significación del vocablo valedor? Jesús el Cristo, nada menos que él. ¿Recuerdan la parábola del Buen Samaritano?

Del estante tomó un ejemplar de la Biblia y lo hojeó. “Aquí está”. En alta voz: “Un experto en la ley, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta:

“–Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

Jesús replicó: ama a tu prójimo como a ti mismo.

“–¿Y quién es mi prójimo?”.

Le replicó Jesús: “bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones que le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto’” Que al rato pasó un sacerdote, lo vio y siguió su camino, como más tarde un levita, que lo miró de reojo y se alejó rumbo al templo. Pero acertó a pasar un samaritano, y viéndolo en desgracia, se compadeció de él. “Se le acercó, con vino y aceite le curó las heridas, lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó.  Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento con el encargo de que lo cuidara. ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del lacerado?”. Jesús dijo “prójimo” cuando pudo, con toda justeza, decir “valedor”. Vecino, contertulios, ¿entendieron el significado del término?

Yo, entonces, recordé un cierto video que apareció en mi computadora, donde se mostraba una escena de ternura y solidaridad, y relaté a los asistentes que en alguna de las competencias de los 200 o 400 metros en la pista chocaron dos corredoras, y una se detuvo para auxiliar a la que salió con magulladuras en las piernas. La alzó, se miraron, se abrazaron y ambas, felices, gloriosamente llegaron a la meta en el último lugar. “Ahí se ilustró el significado del valimiento”, les dije, y fue entonces: ahí habló el vecino nuevo, que no se dejó convencer.

–¿Valedor? ¿Y para qué quiero yo un valedor? Un amigo verdadero que te haga el paro y te saque de broncas, ese es el que yo necesito; un amigo de corazón como un conocido mío; narco, o algo así. ¿Pues no acaba de pagarle a mi señora el abono de la tele y el impuesto predial? ¿No soy un suertudo? ¿Qué dicen ustedes?

(Nada).
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