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JC Mena Suárez
JC Mena Suárez
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31 Enero 2019 03:52:00
Tiempos modernos
El embate de la modernidad y la tecnología ha desplazado a los artesanos en las ciudades, los ha llevado hasta la frontera del “no regresarás a menos que le des un valor agregado a tu producto”.

No hay actividad que se haya salvado de la barbarie de la industrialización. Atrás quedaron aquellos panaderos que seguían una receta y empleaban diversos ingredientes para poner en sus anaqueles una crocante apastelada o un “chamuco”.

Qué decir de aquellos artesanos que con sus manos y creatividad producían piezas dignas de reconocimiento y que decoraban una casa en cualquier espacio que se les colocara.

O de personajes que con su mente creativa y sus manos elaboraban juguetes artesanales con materiales que nadie usaba y los mortales tiraban a la basura.

Sí, esos que con una lata de refresco creaban aviones con hélice y hacían volar la imaginación de los infantes que eran afortunados porque sus padres le compraban a ese artesano.

Hoy un artesano es tan escaso que sus productos se han vuelto un lujo, y hasta un sinónimo de salud y de volver a lo básico para sentirnos sanos.

Y con todo lo que reconocemos el valor de lo orgánico, de que lo “antiguo” era mejor, no estamos dispuestos a pagar el precio de volver a lo básico, a lo natural.

¿Recuerda usted cuando en nuestra casa podíamos ir al patio a cortar un higo, un perón o una manzana? 0 cuando se podía comprar elotes de la milpa y ahí mismo se compraban las calabacitas. Hoy nada de eso es posible y conseguir algo así de natural es muy caro.

En cambio, ahora una barra de pan de caja cuesta 37 pesos y dura 15 o 20 días, mientras un pan artesanal tiene una caducidad de 24 a 48 horas cuando mucho porque carece de lo esencial de un producto industrializado: conservadores.

¿Se ha dado cuenta cómo la vida útil de una fruta, manzana, pera, naranja, se extendió por semanas, cuando antes esa fruta debía ser consumida a la brevedad para que no se echara a perder? Hoy ya no porque se modificó su estructura genética.

La modernidad e industrialización han empujado al borde del precipicio a los artesanos, quienes no ven llegar una tabla de salvación y sí un proceso de extinción porque los legos que cuestan 500 pesos tienen más valor que un juguete de madera o de lata que vale 30 o 40 pesos.

Un pan derivado de harinas preparadas uniformado en su sabor tiene una vida de seis días y el panadero artesanal está en la antesala de la extinción porque la industria con sus grandes fauces lo devora.

Una joven doctora en una conversación que sosteníamos me dijo en forma de pregunta: “¿Por qué los jóvenes se enferman tanto?”. Por lo que comen, fue la respuesta. La enfermedad entra por la boca.
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