×
Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
ver +

" Comentar Imprimir
24 Marzo 2018 04:00:00
Todo perfecto
Cuando el disfraz ya no te oculte a tus propios ojos, podrás quitártelo, saber quién eres en realidad, para conectarte profundamente con los demás y alcanzar, así, las cosas realmente buenas de la vida: amor, paz, serenidad, claridad.

Nada más opuesto a nuestra naturaleza evolutiva que ese deseo de perfección que casi todos tenemos, entendida como el logro de lo incuestionable, universalmente reconocido e inmejorable, primero que nada respecto de nuestra persona.

¿Podría usted amar a alguien así? Nadie. A todos nos gusta ver y cuidar la vulnerabilidad de nuestros seres queridos, porque es una condición para el amor. Entonces, ¿por qué pretender que se es o se puede ser alguien invulnerable, paradójicamente para ser amado o cómo mínimo aceptado?

Toda perspectiva de dicha en la vida depende de nuestras relaciones, sólo que en la mayor parte de los casos no sabemos cómo llevarlas. Creemos que dependen de lo que merecemos recibir y no de lo que somos capaces de dar. Este es el error de juicio que le da el control de la vida al ego y se lo quita al alma.

Cuando en nuestra infancia, cualquiera que fuese la razón, vimos insatisfecha nuestra necesidad de amor y atención, el natural egocentrismo de la edad nos hizo sentir que no éramos o hacíamos lo suficiente para merecerlo.

Eso es normal. Lo trágico es que no nos hayamos dado cuenta de que aun adultos seguimos sintiendo lo mismo y que educamos a las nuevas generaciones para sentirlo.

Nos relacionamos pensando en que lo que necesitamos nos viene de los otros, y ponemos énfasis en cómo queremos que nos vean para merecerlo; así, ocultamos lo que realmente somos, que incluye lo que de pequeños nos inhibieron, señalado como motivo de desamor y desatención. Fingimos que no somos quienes somos y fingimos que no fingimos ser otros.

En la medida en que el desamor y la desatención fueron mayores, o en que la sensibilidad personal los acrecentó, muchas personas fueron exigiéndose cada vez más perfección en más áreas de su vida, hasta ponerle a la palabra el “ismo” y a la búsqueda la obsesión.

El perfeccionismo es inútil y frustrante, por la imposibilidad de ser alguien incuestionable que obtiene resultados ídem. Con el perfeccionismo sobrevienen incontables angustias por todo lo que pudo haber sido de otra manera (la perfecta) y no lo fue, incluidas las acciones propias. Atormentado, el perfeccionista se jura que en la siguiente ocasión todo saldrá perfecto, y se vuelve un compulsivo.

Debido a que esa meta resulta inalcanzable, el perfeccionista se autodesprecia en el fondo. Nunca disfruta sus logros e incluso prefiere no tenerlos, pero jamás acepta sus derrotas ni sus defectos, porque los considera un obstáculo infranqueable en su afán de perfección. El perfeccionista no es aquel que se equivoca muchas veces y sigue intentándolo. Ese es perseverante, optimista, apasionado o sólo terco. Es, por el contrario, el incapaz de admitir que se equivoca, el que evade responsabilidades y reparte culpas, el que siempre tiene la razón, exige la perfección que finge tener y está eternamente insatisfecho.

Hay varios tipos de perfeccionistas, pero la mayoría de estas características son comunes a todos, tal cual lo es la siguiente verdad, dicha por la novelista y poeta Julia Cameron: “El perfeccionismo no es una búsqueda de lo mejor. Es perseguir lo peor de nosotros, la parte que nos dice que nada de lo que hagamos será nunca lo bastante bueno”.

La perfección es inalcanzable, porque no es algo que se logra, sino que ya es. Es producto de la percepción y no de la acción. Es en realidad de las pocas cosas que pueden ser un suceso y no un proceso. La belleza verdadera de las cosas tal cual son, que sólo puede apreciarse con el corazón, es lo único que puede llamarse perfecto.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2