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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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24 Octubre 2017 04:00:00
Toño Vivaldi
Es cierto que a Antonio Vivaldi nunca lo llamaron “Toño”, no obstante a Antonio Juan-Marcos siempre lo han llamado “Toño”. Ambos no nada más son tocayos, sino que son compositores, con la diferencia de que el primero nació en Venecia en 1678 y el segundo, en la Ciudad de México, en 1979. Son muchos años de diferencia, sin embargo, ahora están los dos vivamente unidos, gracias a Las cuatro estaciones, la obra más conocida del músico italiano, precedida cada estación por sonetos atribuidos a Vivaldi y musicalizados por Antonio Juan-Marcos bajo el título Paesaggi Corporei.

Gracias a la invitación de este joven condecorado con la Medalla de Oro y la más alta distinción del jurado por su pieza Nocturno Eléctrico en los Global Music Awards 2016, regresé a Francia después de 4 años y vine a Orleáns a escuchar su obra bajo la dirección de Patrick Cohën-Akenine y de la maravillosa participación de la soprano Mailys de Villoutreys.

Qué orgullosa me sentí al ver el Theatre d’Orleans lleno. Había todo tipo de público, adultos, jóvenes y niños que habían ido a escuchar a Vivaldi y a Juan-Marcos. También vi a muchas parejas de viejitos. Imaginé que muchos de ellos tal vez pertenecían, de alguna manera, a los ancestros de Juana de Arco, heroína, militar y santa francesa cuya capilla había visto unas horas antes en la espléndida catedral gótica.

Hay que decir que fue el violinista Patrick Cohën-Akenine quien le pidió al compositor mexicano musicalizar los cuatro sonetos. Antonio es el tercer compositor en recibir un encargo de creación por parte del ensamble de música barroca Les Folies Francoises, creado hace 18 años. Los primeros dos compositores en formar parte de esta selecta lista fueron Kaija Saariaho (2009) y Tierry Pécou (2013). Algo que llamaba mucho la atención durante el concierto fue la absoluta armonía entre los sonetos atribuidos a Vivaldi y las musicalizaciones de “Toño”. Se escuchaban totalmente naturales y refrescantes. Como escribiera, al otro día del espectáculo, el crítico musical Jean Dominique Burtin: “(...) me quito el sombrero en admiración de la virtuosidad marcada por una dulzura incandescente de Patrick Cohën-Akenine al dirigir a la orquesta de cuerdas. Van de nuevo mis agradecimientos a Antonio Juan-Marcos por esas palabras esculpidas, esas líneas melódicas y delicadamente batientes, verdaderas filigranas llenas de (un) alma (que marcha en pianos y crescendos alrededor de la obra de Vivaldi).”.

Al finalizar el concierto, y mientras los aplausos entusiastas se escuchaban seguramente hasta las torres del Castillo Chambord a dos horas de distancia de Orleáns, el director llamó a Antonio Juan-Marcos para que subiera al escenario. El compositor mexicano subió con una timidez impresionante. Vestido con un traje gris oxford y una camisa blanca sin corbata, daba las gracias con una sonrisa en los labios. Lástima que en esos momentos no hubiera aparecido su tocayo, Toño Vivaldi, estoy segura que también él le hubiera agradecido su virtuosa cooperación. Porque como él mismo explicó:

“Me gusta pensar que las impresiones que nos ofrece la naturaleza se pueden hacer palpables a través del sonido. Es como si a través de la música, las estaciones descritas en estos bellos sonetos tomaran un cuerpo que pudiésemos tocar ...’tocar el cuerpo de la idea’ como señalara Octavio Paz” y agregó: “Este encargo me dio la oportunidad de trabajar sobre textos en italiano antiguo, así como en la diversidad sonora de un conjunto aparentemente homogéneo como es una orquesta de cuerdas. En el proceso creativo, busqué generar puentes entre estos dos universos sonoros (barroco y contemporáneo) para crear nuevos espacios imaginarios. Los textos de los sonetos que musicalizo fueron una gran fuente de inspiración puesto que ponen de manifiesto la importancia de la naturaleza y su relación con los seres humanos: tema de especial relevancia, por la acelerada destrucción de los ecosistemas que vivimos en la actualidad”.

Al salir del teatro me dije mientras que en mi país solo se hablaba de corrupción y violencia, a más de 10 mil kilómetros de distancia, aparecía en el Teatro d’Orleans, un joven mexicano, concentrado en escribir música, no nada más para Vivaldi, sino para musicalizar relatos de Rulfo y Octavio Paz. Mi amigo, Toño, cursa actualmente el grado de doctorado en Composición Musical en UC Berkeley, donde también es profesor de Armonía.

¡Qué vivan los dos Toños!
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