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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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02 Mayo 2018 04:00:00
Trabajo y explotación infantil
No los vemos trabajar, porque quienes los emplean los mantienen invisibles, escondidos, apartados de la vista de los demás, de aquellos que pudieran protegerlos.

En todo el mundo, no solamente en nuestro país, el trabajo infantil es una realidad porque la familia generalmente no puede rechazarlo por el estado de indefensión, de pobreza en la que se encuentra y necesita esa entrada para sobrevivir, haciendo que la infancia se vuelva madurez antes de su tiempo.

Y no son pocos: 16 de cada 100 niños en el mundo son sometidos al trabajo (no por propia voluntad) con jornadas largas que no les permiten desarrollar sus cuerpos adecuadamente, con responsabilidades que aún no les pertenecen, porque su etapa consiste en formar la visión del mundo que los rodea, de la realidad en que viven, mediante la curiosidad que guía el descubrimiento, mediante el juego que es la preparación directa de todas sus futuras habilidades laborales, porque mientras el niño juega, empieza a integrar sus intereses en
capacidades.

El juego, que lleva el placer en sí mismo, prepara para el trabajo, que pospone el placer sin negarlo y es capaz de conseguir todo tipo de satisfactores, de los necesarios para dar brillo a la vida. Por ello, quien aprendió a laborar jugando siempre disfruta trabajando.

Pero el niño que trabaja no es el niño que juega. Labora obligado en entornos peligrosos, en el campo sin cuidado adulto, en minas o fábricas sin las condiciones de seguridad que tendrían los mayores o en los talleres haciendo artesanías, armando piezas de aparatos por destajo o envolviendo objetos comerciales.

Pero también en la casa, con el trabajo doméstico que vuelve a las niñas esclavas invisibles de las familias y que forman el grupo mayor de los trabajadores infantiles.

El trabajo infantil constituye una violación de la Convención sobre los Derechos del Niño y de las normas internacionales del trabajo, pero es una extraordinaria fuente de ganancias para el empleador, porque no tiene que preocuparse de ofrecerles educación, cuidados de higiene; la inversión en salud y nutrición es inexistente y aun así las familias están obligadas a verlo como el bienhechor que otorga dádivas.

Porque la visión del mundo en la miseria no incluye la consciencia de los derechos que se tienen por el simple motivo de ser humanos. Porque su visión del mundo se construyó en condiciones de explotación o de carencias profundas, en donde por tradición el juego estaba limitado a actos de supervivencia cotidiana.

A conseguir el pan nuestro de cada día, y eso forma con sus reflejos de adaptación, la idea de la explotación infantil como algo natural, por lo que el trabajo infantil se perpetúa, viéndolo como inevitable, aceptable e, incluso, bueno para la formación de los pequeños.

Y no es lo mismo que el niño siga a su padre o a su madre a su lugar de trabajo, que juegue a imitar lo que ahí se hace y que incluso tenga pequeñas jornadas con ciertas responsabilidades, porque eso sigue siendo juego, a que tome la responsabilidad adulta de conseguir un salario, por magro que este sea.

Los niños que juegan a ser como sus padres no dejan de estar jugando, y el juego les está construyendo su visión del mundo, les está educando de modo placentero a ser adultos.

Juega a ser maestro, si alguno de sus padres lo es, y da clases como su progenitor lo hace, divirtiéndose y explorando en una especie de simulador si aquello le gustará de adulto. Juega al tendero en la tienda de su padre y atiende a los clientes con seriedad de adulto, comprendiendo a la vez cómo se entrega el producto, cómo se suma y resta, cómo se fatiga el padre para ganar el pan que los alimenta.

Juega, aprende y luego se cansa y se retira a su cuarto, cambiando de actividad, jugando a la pelota o con amigos vecinos. No era trabajo, sino juego, aun cuando productivo. No tiene la intención de ser quien aporte el alimento familiar, responsabilidad esa que ningún niño debería tener.

En toda esta enfermedad social, la medicina principal está en la educación, porque los niños que van a la escuela corren menos riesgos de ser explotados y los que trabajan y estudian pueden liberarse mejor que quienes no están escolarizados.

Sirva el Día del Niño y el Día del Trabajo para señalar que todavía hay esclavos que deben ser rescatados y situaciones injustas en nuestro mundo que son posibles de remediarse mostrándolas y obligando a los responsables a detenerlas. Es una de las más nobles batallas que la humanidad debe dar aún.
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